Home > Columnas > Elusión fiscal y opacidad

Leí los primeros reportes sobre el escándalo mediático por la filtración de información financiera más grande hasta hoy día, conocida como los Papeles de Panamá. No pude evitar pensar en las novelas Millenium del sueco Stieg Larson, debido a que las tramas se urden alrededor de una revista de periodismo investigativo que logra poner el dedo en la inmoralidad de empresas y empresarios.

En la segunda novela, Susan Salander, heroína de las historias, llega a Gibraltar, en donde, con ayuda de un abogadillo llamado Stuart, lava decenas de millones de coronas suecas que le robó a Hans Erick Wenestöm, el villano traficante de armas y de personas de la primera novela. El abogado Stuart establece una serie de empresas en las que coloca los fondos sustraídos al criminal, manejándolas por medio de cuentas offshore, borrando todas las huellas sobre el origen del dinero, permitiéndole a Salander el uso de este y regresar a Suecia con una identidad falsa a completar su venganza.

Esta novela describe cínicamente la existencia de los paraísos fiscales, los métodos para blanqueo de dinero proveniente de actividades como el tráfico de armas, el narcotráfico, la trata de personas, pornografía infantil, dinero de la corrupción política, o bien, de la elusión fiscal, mecanismo mediante el cual se multiplican las utilidades de honradas empresas transnacionales y nacionales, lo que les permite ser competitivas, manera simplona de llamar a la avaricia y al fraude.

La globalización corporativa impuso una nueva ética a la función de los Estados: proteger el capital y a las personas jurídicas en lugar del ciudadano. Con la desregulación de las economías nacionales y la apertura de las fronteras a las mercancías y capitales externos se hizo necesario el instrumento para mantener los capitales y sus utilidades lejos de la mano de los Estados y sus leyes fiscales. De esta cuenta, una larga lista de países con normas laxas para los capitales externos se acomoda como el sector terciario de esta economía global y se les reconoce, por entidades financieras multilaterales, como una función necesaria.

La prensa se ha enfocado en los nombres que aparecen vinculados a la firma Mossak-Fonseca y sus conductas escandalosas al ocultar el origen y destino de sus fondos.  Sin embargo, no se habla a profundidad de estos instrumentos de la economía global en esta fase del desarrollo del capitalismo y de la doble moral con la que se establecen los estándares para la máxima ganancia.

Criminales, políticos y empresarios bailan en las financieras con la música de la legislación internacional que limita a las economías nacionales y liberaliza el fraude fiscal. Me pregunto, si Susan Salander apareciera en los Papeles de Panamá ¿seguiría siendo una heroína? O bien, desde la mojigatería guatemalteca diríamos: ¿y qué se puede esperar de una delincuente? Deberíamos, entonces, discutir lo relativo o lo absoluto de las normas, de la moral y de la ética.

La globalización corporativa impuso una nueva ética a la función de los Estados: proteger el capital y a las personas jurídicas, en lugar del ciudadano

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