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Los pájaros saben del agua

Ayer por la madrugada, una luna melocotón dio la bienvenida a la Marcha por el Agua, la Madre Tierra, el Territorio y la Vida. Tras doce días, sus pies fatigan, desde las seis de la mañana, los desiertos de concreto de la ciudad.  Como si las horas se poblaran de agua, avanzan. Se dice fácil, pero son más de 250 kilómetros. Alguien a mi lado me pregunta si podría caminar esa distancia para decirles a los demás que cuiden el agua, la vida, la naturaleza. Pienso: “Nadie sabe cómo se hace el agua”.  No contesto y me veo por caminos llenos de polvo, envuelto en una humareda sofocante.

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A las once la mañana el sol, y su altanera plenitud, baña los rostros cetrinos, curtidos por la adversidad, de miles de ciudadanos. Me detengo en los gestos, pero, sobre todo, en el modo como caminan, en sus pasos. No sé en qué momento me asalta una convicción: esos pies tienen corazón. Muchos vienen de montañas nubladas, y para echarse a andar cruzaron filos serranos; a otros, de tierra caliente o templada, se les ocurrió lo mismo, y como en estado de gracia, conocedores de las máquinas del tiempo terrestre (Mario Payeras, dixit), y por la fuerza de su tenacidad vienen a decirnos una desnuda realidad: el desequilibrio entre el hombre y la naturaleza. Y es que las cifras asustan, y el panorama, más que desolador, es dantesco, como si el medioambiente, en el corto plazo, cayera en metástasis y no sea posible ninguna solución.

Los caminantes llegan a las afueras del Congreso de la República; una comisión pide a los diputados tipificar como delitos, el desvío de ríos, la contaminación del aire y las fuentes de agua. Por supuesto, una Ley de Aguas. Afuera, arde el aire, el calor semeja miles de veladoras invisibles. El ánimo no decae, otros sectores se suman a la marcha. Es más, durante todo el trayecto, ciudadanos de varios puntos de los recorridos manifestaron una generosa solidaridad, proveyendo alimentos y saciaron generosamente la sed de los miembros de esta caravana por la vida. Resulta difícil no pensar en que esta es un profundo acto de amor, a partir del cual se encenderá la luz para escribir las palabras nuevas que se transformarán en actos.

Las flores de matilisguate y jacaranda son un garabato, como el camino alfombrado de rosas que colocan a su paso enfrente del Palacio Nacional. Otra vez creo que los pies tienen lengua, y existe en algún recóndito lugar una gramática de los pasos. Y, aunque quisiéramos inventar otro pasado, porque en él las cosas salieron decididamente mal, el peor escarnio es la férrea voluntad de miles de hombres y mujeres por resistir. Es una terquedad que viene de siglos; es un desacato, qué duda cabe, a la indigesta realidad.

Es viernes y continúo observando. Recuerdo un párrafo del libro de Mario Payeras, Latitud de la flor y el granizo. En este, el autor habla del “tiempo fugaz de retamas y duraznos”. Horas después, lejos de la marcha, busco el libro y leo: “A través de la energía mecánica del viento y del trabajo físico de las abejas queda establecida, para el ciclo siguiente, la nueva geografía del polen”. Entonces, por enésima vez sé que los pájaros saben del agua. Basta escucharlos en los árboles para concluir que, con su dulce canto, la llaman. Hoy, viernes, Día de la Tierra, miles de guatemaltecos nos demostraron que son aves que andan y desdicen aquel poema de José Emilio Pacheco: “Con piedras de las ruinas ¿vamos a hacer /otra ciudad, otro país, otra vida? /De otra manera seguirá el derrumbe”. Ayer, volvimos a creer en que aún es posible la “geografía del polen”.

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