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En la soleada tarde del 8 de abril las autoridades beliceñas, acompañadas de periodistas y diputados de la oposición hicieron entrega a la delegación guatemalteca de su propuesta de 11 puntos que, como expuso el Ministro de exteriores beliceño, esperaban que “ayude a mantener la paz y la estabilidad en la zona hasta el momento en que se resuelva la reclamación de Guatemala”.
El Protocolo para alcanzar un “modus vivendi” lo recibió el canciller guatemalteco, quien llegó flanqueado por militares del más alto rango, pero sin la presencia de periodistas ni de políticos de oposición. Funcionarios de la OEA sirvieron de testigos y acompañaron el acto.
Los guatemaltecos, capitaneados por su canciller dijeron que la propuesta era interesante pero, de vuelta a la zona 10, los que hoy efectivamente mandan, la tiraron al cesto de la basura y dispusieron seguir con sus prácticas belicosas y provocadoras en el río Sarstún. El NO chapín, sin mayores explicaciones y sin hacerlo del conocimiento de la sociedad, vino a complicarse con el oscuro y aún poco aclarado incidente del 20 abril, en el que perdió la vida el niño Julio Alvarado, quien según informaciones del Ejército pero aún no verificadas por observadores independientes, fue atacado junto a padre y hermano por soldados beliceños sin razón ni motivo aparente.
Hasta ahora, lo que sabemos es que los Alvarado sembraban pepitoria en un terreno no solo ajeno sino área protegida beliceña. Extrañamente, las balas que afectaron al padre, según él mismo, no son del mismo calibre que las que mataron a su hijo. Pero el presidente Morales y sus asesores encontraron en el incidente la justificación perfecta para aumentar públicamente la agresividad contra Belice y, diciéndose protectores de la población que el Estado ha tenido abandonada por décadas en Melchor de Mencos y demás poblaciones limítrofes, acantonaron mucha más tropa en la desembocadura y orillas del río Sarstún. Pero esas tropas para nada protegen de supuestas nuevas agresiones a la población donde sobreviven familias como los Alvarado.
Los 11 puntos del Protocolo propuesto por los beliceños son evidencia clara de la voluntad pacífica de los vecinos, entre quienes la agresividad permanente de las tropas guatemaltecas ha creado un ambiente de rechazo y temor a todo lo que se refiera a Guatemala.
Es más, durante las administraciones Maldonado Aguirre y Morales Cabrera, con los mismos ministros de Relaciones Exteriores y de Defensa, se ha producido una “escalada de tensión en el río Sarstún entre el personal civil y militar guatemalteco y beliceño” que, como indican los medios del vecino país, “ha obligado a los más altos funcionarios de ambos países a llegar a la mesa de discusión para establecer reglas de compromiso y así establecer la paz en la zona”. Reglas que Guatemala, hasta ahora, se niega a aceptar.
Entre los 11 puntos no hay ninguno que afecte la soberanía ni los intereses de los guatemaltecos; todos se orientan a la cooperación y mantenimiento de la paz. Se propone, por ejemplo, que “los canales del río Sarstún continuarán siendo de libre navegación para embarcaciones de cada uno de los dos países sin ninguna interferencia”, y que “las fuerzas armadas y del orden de ambas partes deberán abstenerse de cualquier acción, palabras amenazantes, abusivas o poco amistosas con respecto a la otra en y alrededor de dicho río”. Si Belice es quien lo propone, ellos sufren esas palabras amenazantes e injuriantes.
Se propone también que “las partes cooperarán para prevenir o limitar los riesgos y reducir y eliminar las consecuencias adversas derivadas de las inundaciones, las sequías y sucesos relacionados con sustancias peligrosas para el agua” y que estas “cooperarán en la prevención y la lucha contra las actividades ilegales, incluyendo el tráfico de drogas, la trata de personas, el contrabando de armas y otras actividades ilegales de carácter transnacional”.
Guatemala debe invertir en el desarrollo social de su población fronteriza, evitando toda agresión a sus vecinos. Por ahora, Belice es el que propone la paz, y los nacional-populistas chapines no solo nos hacen aparecer retrógrados sino sus enemigos. Hay que dejarse de bravuconadas fatuas y trabajar efectivamente por la distensión.

Extrañamente, las balas que afectaron al padre, según él mismo,
no son del mismo calibre que las que mataron a su hijo.


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