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Guatemala ha tenido 30 años de democracia y presidencialismo; sin embargo, las asimetrías económicas y políticas no han tenido cambios profundos; seguimos siendo un país desigual.

El presidencialismo se instauró a partir de la Constitución Política de 1985 y a la fecha han desfilado siete gobiernos distintos, han existido algunas reformas a la normativa jurídica, avances en Derechos Humanos, y un claro retroceso del “poder” militar en el Estado. Sin embargo, los lobos han comido muchas ovejas y tienen montañas de pieles para colarse en el sistema de partidos políticos y el régimen. La clase dirigente sigue siendo la misma de hace casi doscientos años o más, y sus alfiles también siguen siendo los mismos.

Los gobiernos, a través de la historia, han representado claros intereses de los resabios de la Conquista y luego de quienes se fueron posicionando en los estratos altos de la formación social que el escarnio y privilegios permitieron.  Los militares siempre han sido los gendarmes del poder ignominioso de los dueños de tierra y hacienda en Coactemalan, tanto, que aprendieron el oficio de gobernar en distintas épocas, incluida la actual; pero cuando se hace necesario, los dueños del país se encargan de ponerlos en su lugar.

La cultura de violencia vivida desde siempre ha hecho sumamente difícil la participación del pueblo en las decisiones de la “cosa pública”; tanto porque se ha gobernado el país como una finca o por la precaria realidad de los derechos económicos y sociales del grueso de guatemaltecos, especialmente de la población indígena y campesina.  El bienestar de los que hemos devenido como guatemaltecos no ha sido nunca lo más importante desde que se fundó el país.

La Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala y el Ministerio Público nos están dando esperanzas; ojalá que el mórbido sistema de justicia se mueva de una vez por todas en función de los intereses comunes y de país. El actual sistema de partidos y régimen debe aprender y transformarse o fenecer; su actuación dictará sentencia.  Si somos consecuentes, estamos a punto de reconfigurar nuestro futuro.


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