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La extensión de una palabra

Buscaba una palabra que en su mayor amplitud me dijera: Guatemala. Una palabra, que represente en lo que la gente común y corriente siente cuando piensa en su país. Un vocablo que integre ese torrente de sueños y anhelos que lleva la sociedad, atragantado en el pecho desde hace varias décadas. Esa palabra que debería ser el símbolo que nos una como nación. Así, desde la profundidad de mi mente emerge la voz: Justicia.

Creo que debido a su ausencia y reiterada manipulación, la justicia tiene valor integrativo como lo tuvo en los años 70 y 80 la palabra paz. En esta coyuntura, de un Estado que se desmorona, la justicia es el aire que se mueve, que arrea las banderas, que estimula las esperanzas de los comunes y de los cabales. ¿Y en dónde encontramos la Justicia?  ¿Por qué es tan esquiva y elusiva? Hasta ahora, en medio de un torbellino político comienza a asomarse, y comenzamos a percibir un cambio en el devenir. Nos imaginamos un país en donde prevalezca esa justicia en todos los órdenes de la vida.

Hace unas décadas, en la transición a la democracia se dio paso a la apertura ideológica. Se comenzó a hablar, sin temor, de la Justicia Económica y la Justicia Social. Se amplió el paradigma justiciero que para entonces solo se refería a la aplicación de las leyes en los juzgados, con lo cual se pudo denunciar la discriminación, la pobreza, la exclusión, la segregación, la inequidad y la ausencia de oportunidades como características de la injusticia social y económica y de cómo, con Justicia, podríamos abatir las enormes brechas sociales construidas por un Estado excluyente y concentrador.

Hoy podemos ver hacia un horizonte de Justicia en donde el Estado, limpio de corruptos y ladrones, invierta en Educación de alta calidad para niñas, niños y adolescentes en todo el país. Que no haya una universidad del pueblo, que haya cientos de ellas. Que se transforme radicalmente la matriz educativa del país para terminar con los índices de ignorancia, los más altos del continente.

La Justicia, en la economía nacional, debería transformar las realidades agrarias, salariales y de política económica que excluyen a las mayorías y benefician a pocos, desarrollando una amplia clase media con capacidad de consumo y de inversión. Habría un Estado que priorice la seguridad social para todos y todas, devolviendo la justicia a la tercera edad, a las madres y a los recién nacidos, sin la moralina mercantilista de recortar el gasto público.

Ayer leímos en Nómada que, de los bienes extinguidos a la corrupción y al narcotráfico, se destinaron millones para el Ejército y algunos miles para el Ministerio Público. Esto último, no solo es injusto, sino inmoral. Entre una institución que está transformando al país y otra que es tristemente célebre, la Senabed optó por la segunda. La extensión de la palabra Justicia es mucho más amplia que lo que creen los operadores políticos de la corrupción y la impunidad. Aquí no habrá retroceso. Esto todavía comienza.

La extensión de la palabra Justicia es mucho más amplia que lo que creen los operadores políticos de la corrupción y la impunidad.


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