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La madre de todas las guerras

David Martínez-Amador 

Investigador Social

El pasado día miércoles 15, un comando armado conformado por al menos 150 personas penetró en el municipio de Badiraguato ubicado en Sinaloa, México, y allanó la casa de la madre del capo, además de desplazar a otros 250 lugareños.

Como en todo lo que tiene relación con el crimen organizado, despliegues como este no solamente no pasan inadvertidos sino, además, responden a reconfiguraciones en las organizaciones criminales. En definitiva, esto jamás hubiera sucedido si la estructura criminal conocida como cártel del Pacífico (también llamada cártel de Sinaloa) no tuviese problemas internos.

La primera línea de interpretación frente a esta situación es suponer que la organización completa ha perdido la protección del gobierno federal. Y no solamente la ha perdido. Digamos también que el gobierno ha permitido que un grupo armado rival haga el trabajo sucio. Los analistas suponen desde ya que la célula que organizó esta incursión pertenece a la organización de los Beltrán-Leyva, cuyas áreas de operación son contiguas al estado de Sinaloa. Si esto fuera así, el análisis es mucho más complejo porque dicha organización no tiene el poder ni la fuerza para atreverse a un movimiento de este tipo, lo cual significa entonces que el mismo gobierno federal está permitiendo la anterior situación, porque tiene un muy particular interés en ver a la organización liderada por Joaquín Guzmán en la total ruina. Y eso no es poca cosa. Si lo anterior es cierto, estaríamos presenciado el desbaratamiento de una de las estructuras criminales más poderosas del mundo a manos del mismo gobierno que la hizo crecer (y con el visto bueno de los Estados Unidos, además).

Las formas cuentan. El líder más mediático de esta mega-organización criminal termina siendo humillado luego de un escape de película. Muerde el anzuelo aceptando interactuar con una actriz de quien poco podía esperarse que supiera mantener la discreción.

Accede a reunirse con un actor estadounidense arriesgándose a que con ello, las agencias estadounidenses pudiesen ubicarlo. Y lo agarran. Y luego que lo detienen, la vida en la cárcel no es la acostumbrada por los capos mexicanos.  Encima de todo, ahora que está en prisión, un grupo armado se adentra en territorio propio del capo y en la casa de su madre.

Cuesta de verdad creer que todo esto es espontáneo y que la mano del Estado mexicano no está detrás de esta narconovela, lo cual quiere decir que podría abrirse otro posible episodio de violencia en México, porque el resto de la estructura afectada va a reaccionar, seguramente, ya sea contra el Estado local o contra quien considere culpable de esta afrenta.

Ahora bien, ¿por qué cobra notoriedad que sea el cártel de los Beltrán Leyva el grupo rival que genera estos hechos? Porque el primer narcotraficante de alto perfil que fue abatido por el gobierno de Felipe Calderón fue Arturo Beltrán-Levya, primo de Joaquín Guzmán.

Los Beltrán-Leyva y la organización de Guzmán rompieron relaciones, pero a la primera que pudo el Chapo utilizar a su brazo armado (la Policía Federal y el Ejército) no solo se aseguró de que fuera detenido Arturo. Fue detenido y ya en poder de las autoridades, fue ejecutado extrajudicialmente con un disparo a corta distancia que le destrozó el brazo izquierdo y le perforó la sien. Y no conforme con eso, sobre su cadáver y en una escena de crimen que debía estar asegurada, se pusieron billetes de dinero sobre su cuerpo. Esa fotografía fue luego puesta en las tapas de todos los diarios en México, como premonición de lo que vendría en los siguientes nueve años.

Pero hoy, parece que se quieren cobrar deudas atrasadas. El narco no olvida. Y México se sigue despedazando.


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