Home > Cultura > Proteger a los suyos

Mecánicamente se llevó varios manís garapiñados a la boca. El dulce sabor comenzó a invadir toda su cavidad bucal; sus dientes trituraron y su lengua, como una acomodadora, ubicaba la masa en las esquinas para luego dirigirlas hacia el estómago.

El comisario Pérez Chanán pensó cuál debería ser su forma de actuar. Si lo hacía rompiendo todas las normas y reglamentos, incurriría en un hecho a todas luces ilícito y poco ético. Wenceslao y sus detectives tenían conocimiento de que no muy lejanamente atrás más de algún director de la Policía había ordenado una limpieza social, que consistía en la eliminación física de delincuentes o posibles criminales. Dicha acción se realizaba a todas luces al margen de la ley. El trabajito de matar lo llevaban a cabo de tal manera que ante los ojos de los demás, o de la opinión pública, el hecho parecía violencia común, lío entre pandillas, cualquier cosa, menos ataques que se originaban dentro de la misma Policía.

Otra cuestión que era prioritaria para el comisario era proteger a los suyos. ¿Pero qué tipo de seguridad podría brindarles y por cuánto tiempo? Si él se decidía y cometía la acción que le ordenaban, posiblemente él mismo se entregaría más adelante. Por otro lado, no todo el tiempo podría mantener a su familia vigilada. Las amenazas continuarían y hasta podrían incrementarse. Palpó sus bolsas del pantalón para masticar maní garapiñado, cuando sonó la alerta de mensaje de texto: El lepra, El Cucaracha Eléctrica y El Muertobañado. El mensaje había sido enviado desde un servidor de Internet. No tenía ninguna referencia.

Wenceslao empujó el acelerador y condujo a través de una atiborrada calzada Raúl Aguilar Batres. La noche estaba posicionándose, una noche fría de diciembre, que anunciaba un descenso de tres o cuatro grados de temperatura. La niebla comenzaba a posarse sobre los techos de las construcciones y se mezclaba con el humo negro de los autos, contaminándose y purificándolo.

Se tragó un par de uvas y marcó el número de teléfono de Fabio. Mientras timbraba, el comisario se encontraba perdido y con la mente en blanco. Quizá, pensó, era la primera vez que le ocurría. Había estado sometido a situaciones extremas, pero lo de ahora era algo inédito. Casi que le habían propinado un golpe en la parte más vulnerable de su ser. El disparo que acababa de recibir Enio podía causarle la muerte. Pérez Chanán no se lo perdonaría nunca. Enio, su detective estrella, con quien habían formado un equipo junto a Fabio hacía muchos años atrás. Resolvían los casos más difíciles e inverosímiles. Aunque el comisario sabía perfectamente que el cumplimiento del deber en la Policía implicaba ofrecer su vida, Enio no podía dejar de existir por una situación absurda como la que se estaba presentando.

—Comisario. Estoy en el hospital. Afortunadamente la bala no causó mayores daños a la integridad física de Enio. El proyectil fue disparado desde una .38 especial prácticamente a quemarropa. A Enio le apuntaron a la cara con intención de matarlo, pero el disparo le impactó en la mejilla, seguidamente rompió una muela, se desvió, pero afortunadamente hacia afuera. Es decir, que Enio presenta dos perforaciones en el rostro: de entrada de la bala y de salida. Perdió mucha sangre, quedó inconsciente, pero ahora ya quiere levantarse y unirse a usted y a mí. ¿Imagínese?

—Fabio, me quita un gran peso de encima. Sin embargo, la situación está bastante delicada, escuche bien lo que le voy a contar… Diríjase a mi oficina, llame a Julia, que interrumpa la celebración, la necesitamos también. Ah… pase por un par de botellas de Predilecto y las deja dentro de la patrulla. Luego vemos cómo nos las tomamos.

El comisario le relató cada detalle de las llamadas posteriores y de su consecuencia. Aceleró su auto, incluso más allá de lo permitido, hasta que, tras esquivar autos y autobuses del transporte público, se estacionó en la banqueta principal del hospital Roosevelt. Un guardia de seguridad le iba a advertir que quitara su automóvil de ese sitio destinado para los médicos residentes, pero Wenceslao lo dejó con la boca abierta, tras impactar su credencial frente a la nariz. Al segundo se arrepintió de su forma de actuar, pero no estaba de buenas. Atravesó varios pasillos, cruzó la medicina de cuidados intermedios, la emergencia y luego se dirigió al intensivo. Por unos segundos se recordó de su amigo Arthur Koestler, a quien había conocido años atrás y con quien intercambiaba correos electrónicos de vez en cuando. Koestler estaba detenido en una cárcel de Costa Rica, acusado de tráfico de cocaína. Sin embargo, Pérez Chanán creía en su inocencia y lo apoyaba escribiéndole sobre casos que investigaba, para que él creara novelas policíacas.

En la red

Facebook:

Comisario Wenceslao Pérez Chanán


Leave a Reply