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La disyuntiva de una ciudad que crece

La ciudad crece y, a juicio de muchos, lo hace desordenadamente. Son los efectos de muchos fenómenos que se concatenan. El primero, una tasa elevada de crecimiento demográfico; es decir que la cantidad de nuestros habitantes se incrementa aceleradamente, incluso más rápido y en mayores dimensiones que nuestra economía. La otra razón, porque no hemos logrado descentralizar la producción, y todo aquel que quiere trabajo debe venir a la ciudad en su búsqueda. Claro que en el interior hay oportunidades, pero no son suficientes para atender la demanda de sus pobladores y menos ofrecerles niveles de ingreso que signifiquen mejoras en su sistema de vida.

Así pues, debemos enfrentar esa migración interna de grupos que buscan en la ciudad capital el sueño de vivir mejor. Otros tantos optan por el Norte, donde el sueño americano se convierte en esa opción.

Pero el crecimiento poblacional, por la razón que sea, también conlleva otros efectos como la construcción de más proyectos habitacionales, tanto horizontales como verticales. Además de la oferta de bienes y servicios que deben ponerse a la disposición de los pobladores para que puedan satisfacer sus necesidades.

Todo ello implica edificaciones de viviendas, pavimentar calles viejas y construir nuevas, creación de centros comerciales, edificios de oficinas, pequeños parques de entretenimiento, y hasta creación de polideportivos en barrios marginales.

Eso es desarrollo para los pobladores. Pero bien dicen que no hay nada perfecto. Estos beneficios también tienen su inconveniente. Hay quienes sostienen la teoría de que esta “cementalización”, como se da en llamársele a este proceso de crecimiento, también trae consigo perjuicios.

Aunque pocos lo creamos, quienes apuestan por esta teoría aseguran que tiene una elevada incidencia en la extinción del manto freático del área metropolitana y, por ende, la escasez del agua para abastecer a los pobladores de este líquido.

Dicen que el crecimiento de las construcciones ha significado talar árboles y cubrir superficies con cemento, con lo cual se estarían reduciendo los espacios que la tierra provee para filtrar el agua de la lluvia hacia los mantos acuíferos subterráneos.

La teoría no suena descabellada y tiene lógica. Pero, ¿qué hacer?

Optamos por dejar de crecer para garantizar la proveeduría de este líquido, vital para la subsistencia humana, o dejamos que se agote y buscamos alternativas.

Este es un asunto que deben resolver las autoridades municipales con un obvio apoyo del gobierno central. Se trata de una disyuntiva difícil de enfrentar, pero al final concreta y real por la que debe apostarse si queremos ser una sociedad desarrollada, con crecimiento económico y capaz de sobrevivir a estos efectos negativos que la prosperidad puede ocasionarnos.


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