Home > Columnas > Lo sagrado

La fragilidad del presente, continuo, sin pasado ni futuro, ha dado paso al surgimiento de espiritualidades light y religiosidades con una idea autoritaria de Dios. Para el caso de las primeras, basta con leer el reciclaje de lugares comunes sobre la felicidad, el equilibrio y la paz interior, entre otras. Para las segundas, la humanidad vive en la lujuria, el pecado, y el fin del mundo está cerca. Además, cual cruzados, gritan su deus vult –Dios lo quiere- para desplegar su lucha contra el demonio.

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Como sea, la humanidad siempre necesitó de sacralizar su entorno para enfrentar el caos. Mircea Eliade, uno de los grandes estudiosos de lo sagrado lo define bien: “La instalación en un territorio equivale a la fundación de un mundo”. En ese sentido, las personas buscan en el tránsito de lo visible a lo invisible la seguridad de su cotidianidad. Sin embargo, en los últimos años, las pendencias por lo religioso han llevado a la civilización a desencuentros y guerras. John Buchan lo advierte: “Bajo la delgada corteza de la civilización murmuran voces primarias”.

Pero, también, las religiones, al menos las surgidas en las últimas décadas, se han adscrito a la sociedad del espectáculo. No es el acto religioso íntimo, tampoco la oración, sino la masificación de la fe. En el país existen muchas espiritualidades arraigadas a lo largo de siglos y vinculadas con una profunda visión de la vida. En una época fui amigo de un Ajq`ijab, y escuché las más hermosas historias sobre seres más allá de las formas, y sobre todo, la profunda comunión con la naturaleza.

Posiciones encontradas fueron evidentes en la última semana por la controversia sobre la laicidad del Estado y la religión. Pero, más allá de ellas, es necesario precisar que lo laico es la garantía para resguardar el derecho de que cada quien crea y practique su fe y su religiosidad. Por lo mismo, el Estado no puede ser juez y parte. No es un problema de creyentes o ateos, sino de salud republicana.

Por ello, lo sagrado será perpetuamente un asunto personal y esencial a lo largo y ancho de la historia de las culturas. Tanto como las 360 vías diferentes hacia la vida eterna, como proclamaba Mahoma. No hay que olvidar que en el mundo existen dos mil millones de cristianos, mil millones de musulmanes, setecientos cincuenta millones de hindúes, trescientos cincuenta de budistas, más millones de sijs, taoístas, judíos, más los católicos espiritistas de Brasil, Rastafaris, Soka Gakkai, y las decenas de espiritualidades indígenas de América Latina. En otras palabras, toda una fenomenología de la experiencia de lo sagrado y de algún modo, una hermenéutica de las formas en que este se manifiesta.

Lo dijo Tertuliano en el siglo III: “tanto por la ley humana como por la ley natural, cada uno es libre de adorar a quien quiera”. Por ello, lo sagrado pertenece a otra dimensión, y no a los asuntos de Estado. Es, siguiendo a Eliade, una “estructura de la conciencia”, no un acto político. Por lo mismo, la hierofanía, la manifestación de lo sagrado, solo es posible como un acto individual, enraizado en una práctica cultural e histórica.

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