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El programa de Trump y Guatemala

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Con ánimo tranquilizador, en la primera semana posterior al triunfo electoral de Donald Trump en Estados Unidos, se han escuchado voces según las cuales una cosa es lo dicho durante la campaña electoral, y otra, lo que hará en el ejercicio del gobierno. Se multiplican los argumentos para sustentar la hipótesis de Trump-presidente distinto a Trump-candidato. Que si hay compromisos de Estado; que si la institucionalidad y la burocracia gubernamental imponen límites; que si algunas decisiones del Ejecutivo deben contar con la aprobación del Legislativo, etcétera.

Así, por ejemplo, el presidente de The Hispanic Council, Daniel Ureña, se adelantó a concluir en el diario madrileño La Razón “que la presidencia de Trump no supondrá el apocalipsis ni el colapso del país ni del mundo. Estados Unidos cuenta con un entramado institucional muy sólido, una fuerte separación de poderes y seguirá siendo el actor más importante a nivel global”.

Pero ¿qué pasará si, a pesar de todo, el presidente electo de EE. UU se empeña en llevar adelante su programa, especialmente en aquellos puntos más sensibles para países como Guatemala? Pero ¿existe tal cosa como un programa de Donald Trump? El citado Ureña sugiere que la incertidumbre instalada en EE. UU. y el resto del mundo deriva, precisamente, de “un programa poco claro”.

“Nunca se está tan mal, que no se pueda estar peor”

De la lectura de los reportes y análisis de Ignacio Ramonet (Le Monde Diplomatique), Esther Mucientes (El Mundo), Stephen Gregory (La Gran Época) y el ya citado Ureña (La Razón), puede identificarse nueve grandes áreas del programa de Trump: 1) Política migratoria; 2) Crecimiento económico; 3) Comercio; 4) Seguridad nacional y lucha contra el terrorismo; 5) Política internacional, aislacionismo y uso de la fuerza; 6) Salud; 7) Derechos civiles, legalidad y corrupción; 8) Control de armas; 9) Medio ambiente y cambio climático.

Si bien puede distinguirse asuntos “domésticos”, de interés primario para EE. UU., y otros de naturaleza “global”, no cabe duda que entre ellos hay infinidad de vasos comunicantes. Tan conectados están que, para países como Guatemala, las vías para abordar ese abanico temático pueden marcar diferencias relevantes.

“Nunca se está tan mal, que no se pueda estar peor”, solía decir un camarada mártir del conflicto guatemalteco. En efecto, la llegada de Trump a la Casa Blanca presagia tiempos aún más difíciles: si ya Guatemala es objeto de una atención preferente, junto con El Salvador y Honduras en el marco de una política estadounidense de carácter bipartidista, con el cambio de administración cabe esperar el endurecimiento de varias aristas.

La política de contención migratoria, por ejemplo: si el demócrata Barack Obama superó todos los récords de deportaciones, con Trump cabe esperar el fortalecimiento de esa tendencia. No digo nada nuevo, solamente lo recuerdo porque, como lo evidenciaron los acontecimientos de la semana anterior en el Paseo de la Sexta, así se seguirá cebando esta bomba de tiempo llamada Guatemala.


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