Home > Columnas > El viaje hacia la eternidad de mi madre

El viaje hacia la eternidad de mi madre

NUEVO

En medio de los vientos de enero, en San Rafael de Heredia, Costa Rica, la vida de doña Virgilia Calderón se escurrió en un suspiro con sus ojos cerrados viendo a su interior del alma con una inmensa y compleja profundidad. Su vida fue de un siglo de historia. Vivio la niñez y juventud en medio de ríos de aguas cristalinas y montañas llenas de verdor. Caminó por los senderos del cristianismo hasta el final de su vida. Acompañó a mi padre como pastora de la iglesia Amigos por el oriente de Guatemala. Fueron grandes momentos porque en ese regazo procrearon una hija y dos varones. Una gran bendición. Su afán para que sus hijos estudiaran la llevaron a la ciudad. Crecieron y alcanzaron sus metas. La hija migro a EE. UU., tras el sueño americano en donde construyó su propia familia. Uno de sus hijos hizo lo mismo en Panamá y el otro en Costa Rica. En las tres naciones viven ahora sus descendientes.

Mi madre fue una luchadora que junto a su pareja bregaron por sus hijos. Dios los premió porque al final pudieron vivir 30 años en santa paz en Costa Rica, fuera de los peligros de los estertores de una guerra y el imperio del terror que acechaba en ese tiempo a Guatemala. Ella sufrió la angustia pero al escapar de esta tragedia de su propio país, volvio a vivir con alegría acompañada de matas de café, guayabas, naranjas y mangos. Junto a un pedacito de Guatemala con chipilines, elotes, peruleros, rosa de Jamaica y lorocos, acompañada de la lectura de la Biblia con oraciones en las que siempre pedía bendiciones para otras personas. Nacieron nietas, nietos y bisnietas. Sobrinos. Creció la familia. Vivieron con ella como su verdadera abuela. Hubo regaños y cariños. Tamales y ponche de Navidad. Nuevas amistades. Nueras y nueros, cada uno con vínculos de afecto.

Hoy fue su último viaje y su cuerpo yace en una tumba a la par del hombre que siempre acompañó. Fue una heroína que supo sortear limitaciones. Siempre hubo un plato de frijol, crema, queso, tortilla y café. Y uno más para el que quisiera acompañarlos. Una vida con dignidad y modestia como pauta de conducta. La tristeza queda con nosotros, pero junto a esta, la alegría de esa fe cristiana que siempre la cobijó para vivir 95 años. Su fortaleza fue esa visión de encontrarse en ese estadio divino en donde solo está el brillo de bondad y felicidad. Aun leí a sus oídos el Salmo 23, uno de sus preferidos. Estas palabras la acompañarán por toda la eternidad. Hoy queda el silencio de su partida. El vacío de su presencia. Las navidades no volverán hacer las mismas y en los corredores de la casa soplará el viento de sus recuerdos. La partida de un ser querido deja heridas. El consuelo es la paz y el cultivo de los valores cristianos de procurar vivir una vida con dignidad y afecto. Esta es la herencia de dos pastores para toda su gran familia.

Descansen en paz


Leave a Reply