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Sí, los columnistas de opinión nos dedicamos a compartir nuestros puntos de vista usualmente de la coyuntura que se presenta. O un análisis de la situación política. O una fiscalización que pretende servir como voz de muchos, para hacer presión sobre ciertos asuntos o temas de interés. Pero usualmente, se fiscaliza y se opina sobre lo negativo.

Lo señalado: ese político corrupto, esa ladrona, ese descarado, esos haraganes. Pero no todo es malo. Es más, es más lo bueno. Hay más gente buena, pero de eso no se hace la noticia. Vale la pena darle un espacio a este pequeño recordatorio: no todo está echado a perder. Es más, ¡son muy pocos los echados a perder! Los guatemaltecos somos incansablemente buenos: tan buenos que soportamos a esa minoría podrida.

Y que es nuestro deber señalarlos y exterminarlos, claro que sí. Porque es esa minoría putrefacta la que está arruinando a nuestro Estado y la que se ha encargado de ponernos como bestias salvajes en la percepción internacional. Pero, insisto: no todo es malo. Este es un pequeño memorándum, aunque leamos las noticias diariamente y pareciera que nos hundimos cada vez más en el barco, de que el guatemalteco promedio, que conforma la gran mayoría, es bueno: es luchador, tenaz, cálido, honesto y patriótico.

Es increíble, pero el guatemalteco promedio es demasiado educado. Y no me refiero a educación escolar, que sabemos que sí nos hace falta en ese tema. Es uno de los pocos lugares donde al entrar a un lugar, se saluda con un ¡buenos días! Cuando un guatemalteco entra a un elevador, no deja de decir un ¡feliz tarde! Algo que en otros países es insólito – el por qué saludar a personas que ni siquiera conozco y en teoría, ni siquiera me importan. Y eso es algo que nos diferencia.

El guatemalteco de verdad, ese de corazón, siempre ayuda. En cualquier catástrofe, de las que tristemente hemos visto muchas por la ubicación geográfica de nuestra patria, somos un país unido que se ha caracterizado por la empatía y la solidaridad. Eso no es así en todos los lugares. Si vemos que alguien se cae, lo ayudamos. En otros países gana la individualidad y la indiferencia, mientras que acá nos han enseñado lo contrario.

El guatemalteco promedio, de este grupo de la gran mayoría de los buenos, sale temprano a trabajar sabiendo que esa es la forma de ganarse el pan de cada día. Sabiendo que se tiene que arriesgar ante los peligros diarios de algunos grupos de lacras que atentan con la vida. Somos emprendedores si es necesario, una palabra que ahora está de moda, pero que lo sabían desde siempre las abuelitas que atendían la tienda de la esquina.

El guatemalteco promedio sonríe cuando se topa con alguien, saluda a la autoridad, vive a la familia y no se deja amedrentar por cualquiera. Esa calidez que nos caracteriza, ese “buenas” saludando a cualquier hora del día, ese “ya vengo” esperando regresar a casa siempre para ver a nuestros seres queridos. No: no todos los guatemaltecos estamos mal. Ni somos corruptos. Ni vivimos deseando un Estado fallido, ni quisiéramos ver deportaciones masivas, ni nos parecemos a esa bestialidad instintiva que nos define muchas veces en el extranjero. No, aquí no todo está mal.

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