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Una tragedia dentro de la tragedia contante

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L a tragedia de las casi 40 niñas muertas el pasado 8 de diciembre es una tragedia dentro de la tragedia mayor: la de la negación de los derechos de la niñez, la de la exclusión y abandono de la niñez y la adolescencia, la del empobrecimiento de la vida. Es el Estado el responsable de una tragedia así, no hay otra explicación. Pero esto debe significar que no hablo del gobierno, sino del Estado, es decir, su responsabilidad, además de la concreta y operativa a través de sus instituciones y funcionarios, está en el abandono de la niñez y la adolescencia, por acción y por omisión.

La ausencia de auténticas políticas, estructuras e instituciones dedicadas a la protección integral de la niñez y la adolescencia no es de ahora, sino que viene siendo ya una constante histórica que indica el salvajismo de nuestro Estado. Gobiernos militaristas como el de esas personas que hoy están presas, solo vienen a agudizar y agravar las cosas. Porque está claro: la ausencia de una visión de Estado realmente comprometida con la niñez y la adolescencia se hace realmente monstruosa cuando se le agregan modos, estilos, formas y comportamientos de maltrato, de abuso, de negligencia, de irrespeto pleno a la dignidad de la persona.

Se venía escuchando sobre este “hogar” desde hacía mucho tiempo, incluso horas antes ya se escucharon voces de alerta. Pero, así como no se escucharon estas, tampoco se atendieron llamados de organizaciones de la sociedad civil, ni siquiera las órdenes judiciales fueron cumplidas a cabalidad. Discursos y argumentos sobran. El ping pong de las culpas ya lo estamos escuchando y le yendo casi a diario. Ahora resulta que nadie es responsable, pero ¡son adolescentes muertas! Eso es responsabilidad de alguien, de varios, de todos.

Y no se trata de que nos reduzcamos, otra vez, a lamentar las muertes y a buscar la ayuda humanitaria (la que, por cierto, es caridad momentánea y fácil de cubrir). Se trata de demandar justicia para las víctimas y sus familias, en un primer paso. Y luego se trata de discutir y plantear con seriedad y verdadero compromiso de todos (instituciones, organizaciones, ciudadanía) las respuestas del Estado en función de la protección integral de la niñez y la adolescencia, principalmente aquella que es víctima de todo tipo de abusos, traumas y abandono. Se trata de plantear qué hacer para evitar la vulnerabilidad tan generalizada de la niñez y la adolescencia y qué hacer frente a ella.

Todo esto incluye que se creen instituciones adecuadas para atender a niñas, niños y adolescentes en vulnerabilidad pero que esas instituciones diseñen y ejecuten verdaderamente protocolos de protección que impidan las condiciones tan adversas que llevaron a estas niñas a la protesta y a la muerte. Víctimas del abuso fueron institucionalizadas y allí siguieron sufriendo abuso, y luego murieron en una forma que nos debe dar vergüenza y dolor. Ante el mundo, seguimos siendo el país de salvajes que creen que somos.

Pero, ¿cómo evitar que así nos vean, si a la niñez abusada la tratamos como seres inferiores a lo humano, y la metemos en instituciones que perpetúan el abuso? Estas niñas son hijas de todos y todas, porque nos duele, nos duele profundamente, nos crea un dolor que no se puede explicar. Un dolor que se agrava al recordarnos que esta tragedia está dentro de la más grande, la del día a día y en todas partes, la eterna realidad de los niños, niñas y adolescentes pobres en Guatemala, a quienes también deberíamos sentir como hijas e hijos nuestros.


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