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Honor a quien honor merece

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RAUL FALLA

Corría la madrugada del veintitrés de marzo de mil novecientos ochenta y dos, y los guatemaltecos escuchábamos en cadena nacional el golpe de estado que se gestaba por un grupo de oficiales jóvenes con el apoyo de la sociedad guatemalteca, y que culminaría con la designación de un triunvirato encabezado por el General de Brigada José Efraín Ríos Montt.

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Eran días muy difíciles, pues Guatemala se encontraba bajo el asedio de grupos terroristas de ideología marxista muy bien entrenados, que pretendían a toda costa tomar por asalto el control del estado para imponer un sistema comunista que repartiera por igual la miseria.

Afortunadamente para Guatemala, el valiente general Ríos Montt estaba al mando de las fuerzas castrenses, lo cual le valió para derrotar militarmente a los facciosos, permitiendo además brindar el apoyo humanitario y militar a las comunidades rurales hostigadas por los cobardes guerrilleros.

Al cabo deunos meses de una prudente gestión, los guatemaltecos empezamos a respirar y trabajar en paz, pues no solo disminuyeron los atentados terroristas a nivel nacional, sino que también, la delincuencia común, pues se logró aplicar la justicia de forma pronta y cumplida.

Esa derrota militar obligó a los alzados en armas, a mutar de guerrilleros, a supuestos defensores de derechos humanos y activistas sociales, siempre persiguiendo el objetivo de ocupar la silla presidencial, para de esa forma buscar la manera de agenciarse de los recursos económicos producto del pago de nuestros impuestos.

Fue así como empezaron a planificar la farsa del genocidio, a efecto de buscar una condena judicial en contra del héroe militar que los había derrotado, y que a la vez, les permitiera obtener las jugosas indemnizaciones en beneficio de sus fundaciones y grupos de apoyo mutuo. Para ello, utilizaron los sucios oficios de jueces prevaricadores de la calaña de Iris Yassmín Barrios y Miguel Ángel Gálvez, quienes con la ayuda de la hija del delincuente de las FAR, Enrique Paz y Paz y del asesino, golpeador de mujeres y ebrio consuetudinario Orlando Salvador López, armaron la sucia treta que según ellos daría inicio al festín de resarcimientos ilegales.

Pero de nuevo el plan orquestado por estos oenegeros falló, pues a tan solo diez días de que la juez Yassmín Barrios diera a conocer el mamarracho judicial a favor de los terroristas, el máximo tribunal constitucional, resolvía anular por completo el proceso penal tramitado, ratificando que en Guatemala no hubo genocidio.

No conformes con esa decisión constitucional, los paracitos de los recursos estatales, pretendieron juzgar de nuevo y de forma ilegal al general vencedor, esta vez mediante la tramitación de un proceso judicial de medidas de seguridad, a pesar de que el mismo por su avanzada edad y múltiples achaques médicos, no era capaz de enfrentarlo.

Esto ya no será posible, pues el valiente general que los derrotó en el campo de batalla y en las cortes de este país, partió el día de ayer ante la presencia de Dios. Debido a ello, Guatemala está de luto, pues pierde al más grande líder militar, político y estratega del último siglo, a quien sin duda alguna agradecemos la tan preciada libertad que gozamos hasta el día de hoy.

Desde luego, aquellos fracasados que les conté, ante la perdida de los millones de quetzales que les representa la noticia, iniciarán como de costumbre una apestosa retorica revolucionaria, manifestaciones pírricas convocadas por chairos piojosos y sus ya conocidos discursos de odio, en contra de un hombre que demostró amor por su país y que murió de forma digna, libre, con la solvencia de haber librado a Guatemala de las garras del comunismo.

Por ello, loor a quien loor merece. Descanse en paz, el Caballero Cadete número novecientos sesenta y tres, General de Brigada José Efraín Ríos Montt.

 

 

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