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Como en un país de primer mundo

El sueño de ver a Guatemala como un país desarrollado, lo compartimos muchos guatemaltecos. Aspiramos a que se desarrolle todo el potencial que tiene el país. Sin embargo, insistimos, como sociedad, en dar pasos equivocados y fijar prioridades sin visión de largo plazo.

Mientras los problemas estructurales como la pobreza y la pobreza extrema, la violencia, el femicidio, el crimen organizado, la falta de acceso a servicios básicos, la desigualdad, el trabajo informal, el carente acceso a la salud y la educación, la corrupción, entre tantos otros nos aquejan. Vemos que las discusiones en la agenda política del país pasan por atropellar derechos elementales y crear una percepción de irrespeto a la ley y las autoridades judiciales.

El fundamentalismo religioso que ha servido de bandera para esta cruzada de los gobernantes de turno, está permitiendo la restricción ilegítima de derechos como la libertad, la libertad de expresión e incluso la libertad de religión. Me parece aberrante la censura que se hizo de la banda sueca que venía a Guatemala, por un trasfondo religioso -que no es de valores-. 

Si bien no soy simpatizante de ese género musical y desconocía al grupo hasta este escándalo, no puedo dejar de manifestar que esta es una de las formas más vergonzantes con las que el ciudadano permite que se atropellen derechos. El Estado, frente a los derechos humanos, tiene obligaciones positivas y negativas, o de hacer y abstenerse de hacer, con el objetivo de respetar y garantizar los mismos. Frente a los derechos civiles y políticos, de los que forman parte los antes mencionados, el Estado debe de abstenerse interferir en el disfrute de los derechos.

Parecerá que la medida adoptada por el Congreso de la República no es alarmante, pues el contenido de la música de esta banda está catalogada como “satánica”, según lo que he leído en los distintos medios, y por lo tanto resulta “aceptable” que se adopten estos actos por parte de las autoridades.

El día de hoy será la limitación de los derechos a la libertad, la libertad de expresión o la libertad de religión de un grupo minoritario. Mientras callamos. El día de mañana podrá ser uno de los derechos que, para el que lee esta columna, se encuentre en una escala de valor importante, entonces se verá de las manos atadas, porque al permitir que se restrinja el derecho de una persona está permitiendo que se restrinja el propio. Esta es la diferencia que permite convertirse en un país desarrollado, el defender los derechos, su fundamento.

Este preciso momento es en el cual se debe de levantar la voz, sobre todo porque el país se encuentra inmerso en una crisis política sin precedentes. Mi más dura crítica al Procurador de los Derechos Humanos quien, a diferencia de lo que ha hecho en otros momentos con una vehemente fuerza, está permitiendo y siendo cómplice con su inacción y falta de pronunciamiento al respecto.

Aunado a lo anterior, la certeza jurídica que brinda el sistema de justicia se está viendo mermado. La condescendencia permitida respecto de las reiteradas manifestaciones de algunas autoridades respecto que no están obligados a acatar las resoluciones que para ellos resultan “ilegales”, se suman a la serie de actos que llevan en detrimento el sueño de un país con condiciones de desarrollo.

Un sistema de justicia debilitado, que es la sensación que se pretende crear con el ataque sistemático y el planteamiento reiterado de desobediencia de las resoluciones, es el componente ideal para la restricción y vulneración de nuestros derechos más elementales.