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¿Castigar es bueno o malo? (1era parte)

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La mayor parte de los comportamientos infantiles son aprendidos y se repiten según el efecto que producen en el medio que rodea al niño o la niña. La conducta es el resultado de la interrelación del individuo y su ambiente, por ejemplo: cuando el niño o niña reaccionan en respuesta a estímulos que guardan semejanza con otros estímulos aprendidos con anterioridad y que le reportaron beneficio o perjuicio o el caso en que el aprendizaje sea a partir de conductas preestablecidas por la propia sociedad y que provienen del propio entorno: El ambiente familiar, el escolar, el barrio.

En nuestro análisis nos detendremos mayormente donde el niño o la niña rompe con las normas de conducta de forma inadecuada y frecuente. Debe quedar claro – previamente – que el castigo se utiliza fundamentalmente para que el niño o la niña experimenten consecuencias desagradables por su conducta y que a su vez las mismas disminuyan y desaparezcan.

Hay padres y madres que recurren a la agresión física (golpes, bofetadas, etc.), agresión verbal (críticas, insultos, juicios de valor, etc.), – con la cual estamos en desacuerdo – prohibición de algo agradable (no ver televisión, no salir al parque, etc.), retirada de un privilegio (acostarse más temprano, estímulo material, no uso del celular, etc.) Hay quienes recurren al llamado chantaje emocional o castigo psicológico, que se utiliza cuando, tras el comportamiento, los adultos mantienen interminables silencios, malas caras, exageradas entonaciones de voz y estimulan los sentimientos de culpa durante un tiempo interminable.

En ningún caso el sistema de castigos debe aplicarse. Está demostrado que el efecto del castigo es temporal y en el momento en que se modifican las circunstancias en que se aplicó, la conducta vuelve a repetirse. El castigo suele ir acompañado de otros efectos emocionales como la ansiedad, el miedo, etc. Cuando el niño o la niña lo recibe escucha además juicios sobre su valor personal: “eres un desordenado”, “eres malo”, “eres desobediente”, etc. Lo cuál lesiona gravemente su autoestima, las habilidades que el niño o la niña esté realizando en ese momento pueden quedar perturbadas por la ansiedad que siente y las consecuencias erróneas se pueden prolongar en el tiempo e interferir la adquisición de nuevos aprendizajes.

Por ello y otras muchas argumentaciones que serían extensas de explicar, no se considera el castigo como un método eficaz de eliminar comportamientos desadaptados. Además, la violencia física o verbal que acompaña al castigo puede convertirse en modelo a imitar por el niño o la niña. Cuando el niño o niña se “acostumbra” a que el castigo evidenciado a través de golpes, bofetadas, críticas, insultos, juicios de valor, etc. (entiéndase violencia física y/o verbal) etc.), es “la respuesta adecuada” para tratar de modificar su no adecuada conducta, posiblemente todas sus manifestaciones de solución sean justamente la agresividad, ya que eso es lo que le “enseñaron” en casa. Evidentemente el castigo visto desde este punto de vista no es adecuado, no es correcto. Luego ¿debemos borrar la palabra castigo del diccionario? (Continuaremos).

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