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Las joyas de Elena de Troya

#EditadoParaLaHistoria

Quien visite el extraordinario Museo del Hermitage en San Petersburgo puede visitar (con cita previa de varios días) en la Galería de los Tesoros las piezas más preciadas de este museo: piezas de orfebrería de Fabergé (ningún huevo), 2 aderezos para vestir a los caballos, uno rosa y otro celeste, regalos del Sultán del Imperio Otomano al Zar Pedro el Grande. En el manto para el cuello del caballo del aderezo rosa hay en total 1600 diamantes de todos los tamaños inimaginables. Pero una de las piezas más espectaculares de la colección son los Tesoros de Troya: platos, copas, tasas, siendo lo más precioso un aderezo todo en oro: diadema, collar, zarcillos, cadenas, broche que se atribuye haber pertenecido a la mismísima y legendaria Elena de Troya. Pero ¿cómo llegó el Gran Tesoro de Troya a este museo ruso?

Tenemos que remontarnos a la época de Homero, quien escribió entre otras obras La Ilíada. Homero vivió en el siglo VIII ADC y narra la famosa batalla (en el siglo XIII ADC) emprendida por los griegos contra la ciudad de Troya dirigidos por Agamenón para recuperar a la hermosa esposa de Menelao, Elena, que había pasado a los brazos de Paris como dádiva de amor de la propia diosa Venus por haberle entregado a ella -no a Minerva ni a Juno- la Manzana de la Discordia. Según la Ilíada el sitio de la ciudad duró 10 años hasta que con el famoso Caballo de Troya lograron entrar a la ciudad y pasarla a sangre y fuego. A estas alturas no se tiene certeza de la propia existencia de Homero, ¿cómo tenerla de su obra que, por demás, se habría escrito 500 años después de la famosa guerra?

En el siglo XIX de nuestra era entra en la escena un alemán, Heinrich Schliemann que, de aprendiz de bodeguero en su juventud, pasó a multimillonario por haber especulado con armas durante la Guerra de Crimea en 1853 y con algodón durante el bloqueo de los Estados Sureños por los Norteños durante la Guerra de Secesión de los Estados Unidos. Fue un hombre de gran inteligencia, solo aprendió inglés, francés, ruso, polaco, neerlandés, sueco, árabe y (lo más importante) griego.

Si bien su riqueza la forjó en Rusia al ser millonario se instaló en Londres y después en París en 1863 para dedicarse a lo que era su sueño de juventud: la arqueología. En agosto de 1868 emprendió viaje al Pireo y, a partir de este momento, con sus sueños a la espalda y un ejemplar de La Ilíada bajo el brazo, sacó a la luz ciudades griegas antiguas como Micenas, Orcómeno, Tirento y la no menos famosa: Troya.

No debemos creer que era un buen arqueólogo, simplemente tenía muy buen tino para encontrar los sitios, a los que espoleaba. Hasta utilizaba materiales tan prohibidos para los arqueólogos como la dinamita. Esto le hizo ganar el nombre de “Hiedrich el Destripador”. Es evidente que se llevaba en sus bolsillos cuanta pieza rara y valiosa encontrara. Y fue así que encontró lo que se supone fue Troya en la pequeña ciudad de Hisarlik en la actual Turquía. Todos los arqueólogos de la época aseguraban que Troya sólo era una leyenda de la mitología, pero Schliemann, inspirado en La Ilíada, pensaba lo contrario. Lo que él más buscaba era el famoso tesoro que Homero describe en la Ilíada y que hubiera regalado el rey de Troya, Príamo, a la novia de su hijo Paris.

Lo halló después de excavar varios niveles de una colina. Los científicos actuales y el mismo Schliemann (que nunca lo quiso reconocer) han llegado a la conclusión de que las joyas datan de 1600 años antes de que se produjera la Guerra de Troya. Schliemann tuvo el mérito de descubrir los vestigios más antiguos de una civilización en Europa.

Schliemann logra sacar a escondidas el tesoro hacia Grecia donde la familia de su esposa lo escondió en una casa de campo. Evidentemente las autoridades otomanas lo reclaman diciendo que es una expoliación, pero Schliemann alega que ya él había pagado al Ministro de la Instrucción Pública, Pachá Safvet, 50 000 francos oros de la época por tener la autorización de excavación y la propiedad de lo que se encontrara.

El final de su vida Schliemann legó el Tesoro de Troya al Museo de Prehistoria e Historia Temprana de Berlín donde fueron expuestos hasta 1943 durante la Segunda Guerra Mundial.

Berlín, 1945.

En respuesta a la guerra total decretada por Hitler los bombarderos aliados castigan “a sangre y fuego” la ciudad de Berlín, como otrora los griegos hicieron con Troya. Otras ciudades han sufrido bombardeos inimaginables. Dresde fue destruida totalmente hace justo 70 años en una tormenta de fuego causada por bombas incendiarias… y así el resto de las grandes ciudades alemanas: Hamburgo, Colonia, Hannover, Leipzig, Sttutgart…

Las obras de arte (propias y robadas) de Alemania las esconden en galerías de viejas minas y en los subterráneos de viejos castillos lejos de los bombardeos aliados (como el Castillo de Neuschwanstein). Los Tesoros de Troya son resguardados en una gran caja de madera y enterrados en los sótanos de una gran torre de defensa antiaérea que se encontraba dentro del Parque Zoológico de Berlín. El 22 de abril de 1945 los soviéticos entran a la capital del Imperio nazi que debía durar 1000 años. Bajo el fuego de la artillería soviética la torre del Zoológico de Berlín cae. Nadie habla más de los Tesoros de Troya. Desde abril de 1945 hasta agosto de 1993 Moscú niega firmemente tener noticias de los Tesoros de Troya y de muchas obras más.

Todo cambia cuando dos críticos de arte rusos publican en el número de septiembre de 1991 de ARTnews de Nueva York documentos que prueban lo contrario: albaranes de embarque, inventarios de obras de arte, itinerarios de camiones y de avión, llegada del avión al aeropuerto de Vnukovo en Moscú…Todo salió bien guardado en un avión especial para Moscú el 30 de junio de 1945 dentro de 7 cajas. Dentro de las cajas cuadros de Degas, Monet, Goya, El Greco, los Tesoros de Troya y otras importantes piezas de arqueología de oro.

Todas estas obras y muchas otras más recuperadas como tesoros de guerra por los soviéticos llegan al Museo Pushkin de Moscú, verdadera plataforma de todo lo que los soviéticos tomaban como suyo en su calidad de vencedores y como compensación por el sufrimiento que les había traído una guerra que ellos no provocaron. De allí salían hacia otros museos de la extinta Unión Soviética: Leningrado, Járkov, Kiev…

El Ministro de Cultura ruso en 1991 ni niega ni confirma lo publicado por ARTnews. A la sazón llega a Moscú el sobrino biznieto de Schliemann, de nombre Ernst, quien dice que el tesoro debía ser guardado por la Unión Soviética y exhibido en el Museo del Hermitage, que los prusianos no habían sabido cumplir las promesas a su tío bisabuelo, que por demás Heinrich Schliemann se había naturalizado ruso en la época en que residió en San Petersburgo. Los soviéticos están de plácemes, le prometen incluso que “si aparece el tesoro” él sería el primero en verlo. Pero Ernst no es un hombre de una sola palabra. “Creo que el tesoro le corresponde a los turcos”, dice después. Los soviéticos declaran: -Los expondremos primeramente en Moscú y después en Grecia y después en Turquía. -¿Quién dice exponerlos? grita desde Ankara el Director de los Museos de Turquía: ¡Queremos recuperarlos!

Pero eso no se queda aquí. El Museo de Prehistoria e Historia Temprana de Berlín también lo reclama. “¿Y los 50 000 francos oros pagados a Pachá Safvet? Ya Turquía fue pagada por este tesoro. Los turcos no tienen ningún derecho sobre él. El tesoro es nuestro”.

El Tesoro de Troya es, como muchas otras cosas en la historia, el objeto tangible de un litigio causado por las guerras, los robos y las expoliaciones de toda naturaleza propias al ser humano. En estos momentos el Tesoro de Troya es el objeto de un contencioso no arbitrable entre Rusia y Alemania… Pero mientras tanto se decida su futuro emplazamiento… no deje de verlos en el Museo del Hermitage (y no olvide sacar cita).

Heinrich Schliemann

 

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