Home > Cultura > La Sala de Ámbar

Si buscamos su definición en la Real Academia de la Lengua Española placer es “agradar o dar gusto, goce, disfrute espiritual, satisfacción, sensación agradable…”.

Ésta es la palabra que más se acerca para definir el objeto de este escrito. Placer, el placer visual, el placer de ser testigo de una obra inimaginable y espectacular. La Sala de Ámbar del Palacio de Tsárkoie Sieló a las afueras de San Petersburgo, en el Palacio de Verano de uno de los más grandes emperadores de Europa: Pedro I de Rusia, El Grande.

Inicialmente se quiso crear una Sala de Ámbar en el Palacio de Charlottenbourg en Berlín para la reina de Prusia Sofía Carlota, pero a su muerte se abandonó el proyecto y lo realizado hasta el momento fue guardado en diferentes palacios de Prusia hasta que Federico II, El Grande, los regalara al Emperador de Todas las Rusias como prueba de amistad entre los dos reinos.

Estuvo en diferentes lugares de San Petersburgo hasta que se decidió realizar para esta sala una habitación especial en el Palacio de Catalina de Tsárskoie Sieló, trabajo que realizó el reconocido arquitecto italiano Rastrielli.

La Sala de Ámbar permaneció allí 150 años durante los cuales se realizaron numerosas reparaciones. Como materia viva y no mineral, el ámbar sufre con el tiempo. Se reseca, se resquebraja, se hace polvo y los millones de piezas que formaban la sala tenían que ser reparadas constantemente. Nicolás II (último zar de Rusia) había ordenado una nueva reconstrucción en 1913 siendo ésta interrumpida por la Primera Guerra Mundial y después por el advenimiento del régimen soviético.

Con los soviéticos en el poder en los años 1930 se realizó un minucioso inventario de todas las obras del conjunto de Tsárzkoie Sieló, se fotografiaron y se tomó la única foto a color de la Sala de Ámbar de entonces.

Antes que las tropas alemanas invadieran Rusia sin previa declaración de guerra, el 22 de junio de 1941, ya Hitler había enviado como turistas a especialistas para reconocer el estado y la situación de esta magnífica obra por considerarla como una de las piezas supremas de la orfebrería alemana del siglo XVIII y tesoro nacional. Es natural que en el listado de obras de arte a sacar de la Unión Soviética la primera fuera la Sala de Ámbar.

Antes de la invasión los soviéticos iniciaron un minucioso y rápido trabajo de desmontar todas las obras de arte para ponerlas a buen recaudo en ciudades de Siberia, pero al querer desmontar los paneles de ámbar el primer intento fue tan frustrante que decidieron cubrir las paredes con el algodón de los cojines de la habitación y poner un papel tapiz encima para tratar de ocultar tan valiosa obra.

El día en que las hordas nazis invadieron el palacio ya sabían exactamente dónde encontrarla, su tamaño exacto (55 m²), incluso llegaron con los cajones necesarios para su transporte. Dos especialistas terminaron el trabajo en sólo 36 horas allí donde los empleados del Palacio habían tenido que claudicar. En esas cajas tomaron camino a Köningsberg, antigua capital de la otrora Prusia Oriental, hoy conocida como Kaliningrado, territorio ruso extraterritorial por estar separado de Rusia por las actuales fronteras de Polonia y Lituania.

En Köningsberg estuvieron expuestas en el castillo de la ciudad, última dirección de tan codiciada obra, conocida como “La octava maravilla del mundo”.

Ante el avance de las tropas soviéticas las obras de arte de Prusia Oriental tomaron camino del oeste junto con enormes cantidades de civiles que huían de la llegada de los soviéticos. Al llegar a la ciudad los soldados soviéticos, sin saber lo que había dentro, quemaron lo que quedaba del castillo después de los bombardeos norteamericanos de los días 27 y 29 de agosto de 1944 por considerarlo representativo del nazismo y de todo lo que odiaban. Finalmente, las ruinas del viejo Castillo Real de Köningsberg fueron demolidas en 1968 por órdenes de Leonid Brezhniev pero dejando intactos múltiples subterráneos y pasadizos nunca explorados.

Al huir las tropas alemanas de los territorios del palacio-coto de Tsárskoie Sieló en 1944 la desolación era absoluta. Todo destruido, en ruinas, cenizas, sin techos. Los soviéticos emprendieron la difícil y dolorosa tarea de todo reconstruir y se creó una comisión para encontrar a dónde habían ido a parar las piezas de la Sala de Ámbar hasta que fue disuelta en 1984 ante la imposibilidad de encontrarlas. Fue en ese momento que se decidió restaurarlo todo.

Los servicios secretos soviéticos, la KGB, y sus homólogos de la RDA, la STASI, llevaron a cabo sendas minuciosas investigaciones sin resultado. Incluso las autoridades de la RDA llegaron a publicar en 1958 en la prensa que aquél que supiera algo de las piezas se manifestara a las autoridades. Silencio como respuesta.

Con relación al destino de las piezas existen varias versiones:

1) Como la resina es un material combustible todo se quemó en el incendio del Castillo Real de Köninsberg (la más posible).

2) Permanecen escondidas en el pequeño pueblo de Görlitz en la frontera con Polonia

3) Las piezas hubieran salido de la ciudad y ocultadas en las galerías de una mina de los Montes Metalíferos o en minas de la Baja Sajonia en territorios de la extinta RDA.

4) Las piezas fueron evacuadas en el barco Wilhelm Gustloff lleno de refugiados que huían de la ciudad y que fue hundido por 3 torpedos soviéticos, por lo que yacerían en el fondo del Mar Báltico.

El hecho es que, con la ayuda de una gran empresa de la ciudad alemana de Essen que contribuyó con tres millones y medio de dólares, se terminó la reconstrucción de la magnífica Sala de Ámbar en mayo de 2003 con motivo del 300 aniversario de la fundación de San Petersburgo.

A pesar de su movida y trágica historia, ahí está la Sala de Ámbar en Tsárskoie Sieló en la ciudad de Pushkin, a las afueras de San Petersburgo. Cierto, no es la Sala original que quizás nunca se encontrará, pero el resultado es sobrecogedor.

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