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Saber comprender y progreso

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#DescubrirLasRaíces

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Recientemente una empresa pedía se respetara la presunción de inocencia de empleados suyos que había sido condenados por la opinión pública sin el debido proceso, porque, señalaban, nadie es culpable hasta que haya sido condenado judicialmente.

Y es que es frecuente el prejuzgar, es decir oír hechos y condenar a personas sin tener elementos de juicio; y esto nos puede suceder a nivel familiar, social, mundial.

Hace un tiempo lo decía Juan Pablo II en una histórica reunión en la ONU. Es lo que él llamaba –en otro contexto- la necesidad de mantener una cultura del diálogo y… saber perdonar; también cuando se tiene la razón. Tema complejo. Pero que impactó.

Es un planteamiento que puede sernos válido aquí, para nuestra actual problemática. Es considerar que no hay paz sin justicia, pero que no hay justicia sin perdón. Que siendo válido el derecho a defenderse, siempre debe uno atenerse a reglas morales y jurídicas y que el restablecimiento de la paz exige también el perdón; se opone a la venganza y al rencor.

Y es necesario desechar el pesimismo, la desesperanza, que es quizá lo peor que nos puede suceder porque nos deja sin fuerzas, sin voluntad de construir nuestra sociedad. Podemos recordar aquí la famosa frase de Churchill, el vencedor en la segunda guerra mundial: el optimista tiene siempre un proyecto; el pesimista, una excusa.

Esa actitud de perdón es necesario en todo ámbito social: las familias, los grupos, los Estados; y la misma comunidad internacional necesitan abrirse al perdón para superar la estéril condena mutua, para vencer la tentación de excluir a los otros, sin concederles posibilidad alguna de apelación. De hecho, la capacidad de perdón es básica para una sociedad futura más justa y solidaria.

Por el contrario, la falta de perdón, especialmente cuando favorece la prosecución de conflictos, tiene enormes costos para el desarrollo de los pueblos. La paz es la condición para el desarrollo, pero una verdadera paz es posible solamente por el perdón.

La experiencia muestra que la propuesta del perdón no se comprende de inmediato ni se acepta fácilmente. En efecto, el perdón comporta siempre a corto plazo una aparente pérdida, mientras que, a la larga, asegura un provecho real. La violencia es exactamente lo opuesto: opta por un beneficio sin demora, pero, a largo plazo, produce perjuicios reales y permanentes. Lejos de ser pérdida para la persona, el perdón la lleva hacia una humanidad más plena y rica.

Y no olvidemos que los problemas de la sociedad tienen que ver con la pérdida de los valores de siempre, ésos que forjan y defienden las familias; y es lo que está repercutiendo en pérdida de la sensibilidad social. Esto es mundial; no estamos peor ni somos peores…

No dejemos que se transmita ese virus del negativismo, que mata la esperanza sin la cual no se hace nada. En el fondo debemos estar convencidos de que el bien puede vencer al mal. Pero hay que comenzar por ver lo mucho bueno que tenemos; también aquí… en Guatemala.

TEXTO PARA COLUMNISTA
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