Home > Columnas > De burros y elefantes, lecciones interesantes

De burros y elefantes, lecciones interesantes

#Evolución

La popularización de los símbolos del burro y el elefante para identificar a los partidos Demócrata y Republicano, respectivamente, en Estados Unidos se debe al caricaturista Thomas Nast, quien famosamente satirizó la política en su país en las décadas de los años sesenta, setenta y ochenta del siglo diecinueve. Menciono este dato para ilustrar la larga tradición bipartidista que ha desarrollado ese país. A diferencia del nuestro, pletórico de partidos caudillistas carentes de ideología, las corrientes convencionalmente denominadas de izquierda y derecha se aglutinan en dos partidos donde las diferentes visiones, desde las extremas hasta las moderadas, compiten democráticamente a lo interno de cada partido. Así, la oferta de cada partido es relativamente representativa de las preferencias electorales de cada vertiente ideológica dentro de cada circunscripción geográfica.

El sistema de elección uninominal es un factor que contribuye a la estabilidad de la tradición bipartidista y funcionalidad del sistema en general. Al elegir a los representantes, democráticamente postulados, por nombre y apellido, se incentiva a que cada partido presente su mejor propuesta, en términos de las expectativas de izquierdas y derechas. Lógicamente también se da mayor control a los electores sobre sus representantes. Aún en un entorno multipartidista, con un sistema de votación uninominal, ganará el mejor candidato de la izquierda o de la derecha, de manera que la tendencia natural será hacia la reducción del número de partidos, debiendo los candidatos competir entre sí dentro de sus respectivas bases, en términos ideológicos.

Las elecciones de medio período tienen mucho sentido en función de inclinar o balancear el poder político. La Cámara de Representantes se renueva en su totalidad cada dos años y un tercio del Senado cada dos años, cuyos miembros son electos para un período de seis años. Por ejemplo, Obama tuvo “aplanadora” sólo los primeros dos años de su presidencia y ahora Trump también. En ambos casos, un mensaje claro de los electores respecto de frenar las iniciativas del ejecutivo vistas desfavorablemente.

En términos frenos y contrapesos, un aspecto que sobresalta es el sistema bicameral. Cualquier legislación requiere la aprobación de la mayoría de ambas cámaras del Congreso más la sanción del Presidente. Aparte, ambas cámaras tienen potestades de fiscalización y el Senado, particularmente, ejerce la función de confirmación de jueces designados por el Presidente. Tremendo el contraste con nuestro absurdo intento pseudo-bicameral, habiendo reunido en un solo órgano diputados distritales y por lista nacional, que se eligen todos en el mismo momento, al mismo tiempo que el presidente, por el mismo período, con el mismo método de elección para las dos clases de diputados, con las mismas consecuencias nefastas de ese método, para una misma cámara donde todos los votos, sean de diputados nacionales o distritales, suman para las mismas iniciativas que obedecen a los intereses partidarios. Difícilmente pudimos haber diseñado un peor sistema en un contexto democrático.

A pesar de lo ingenioso de su diseño, la República Estadounidense ideada por sus fundadores se ha visto constantemente amenazada por las corrientes democráticas, en su sentido científico político, que han permeado la política partidaria. De un análisis de los resultados de las recientes elecciones, se vislumbra, resumidamente, lo siguiente. Será virtualmente imposible aprobar reformas legislativas sustanciales. No habrá consensos en temas como la reforma migratoria, el sistema de salud y posiblemente el presupuesto. Los republicanos desaprovecharon la oportunidad de cumplir con el ofrecimiento de derogar y reemplazar el programa insigne de Obama y ahora han perdido el control del congreso. La líder de los demócratas en la Cámara de Representantes, en su discurso triunfal, habló de consensos bipartidistas, pero la realidad es que las posiciones de su partido seguirán siendo intransigentes. Su actividad se limitará a bloquear cualquier iniciativa republicana y a crear comisiones de investigación hacia miembros del ejecutivo, según ha anunciado, a lo que Trump ha respondido que habrá represalias desde el Senado. La división sigue siendo abismal. Quizá el impacto de mayor trascendencia sea la confirmación de jueces federales de línea conservadora por parte del Senado. Al igual que Obama, Trump gobernará con reglamentaciones desde el ejecutivo, con un congreso inerte por los próximos dos años y hasta las siguientes elecciones se definirá si hay algún cambio de rumbo. Aun con sus desavenencias, hay muchas lecciones que podemos aprender sobre un diseño institucional significativamente más funcional que el nuestro.

TEXTO PARA COLUMNISTA
.
.