Home > Cultura > Alejandra Fiedórovna, última zarina de Rusia

Alejandra Fiedórovna, última zarina de Rusia

#EditadoParaLaHistoria

.

En una isla en el río Neva, frente al hermoso museo Hermitage, otrora Palacio de Invierno y residencia de los zares de Rusia, existe un cuartel reconocible desde el horizonte por la gran aguja de su iglesia. Es el Fuerte de Pedro y Pablo. En su iglesia con la gran aguja reposan los restos mortales de Nicolás II, su amada esposa Alejandra Fiedórovna y sus cinco hijos: Olga, Tatiana, María, Anastasia y el menor y más querido por la emperatriz: Alexis y heredero al trono. Todos fueron canonizados por la Iglesia Ortodoxa Rusa en el año 2000 como forma de exorcizar el daño causado a esta familia y de reconciliar la Rusia contemporánea con la de 1918.

La Reina Victoria de Inglaterra en su matrimonio con el príncipe Alberto fue una verdadera fábrica de hijos, todos designados a ser reyes y reinas: tuvo 9 en total. De ellos el tercero fue Alicia, quien casó con Luis IV de Hesse-Darmstadt, pequeño estado independiente alemán que más adelante formó parte de la actual República Federal de Alemania.

De niña fue apodada por sus cercanos Sunny, como un pequeño sol, por estar siempre radiante y sonriente, pero a la edad de seis años pierde a su madre y a su hermana mayor de difteria lo que convirtió a la alegre niña en otra triste y permanentemente a la defensiva. Entonces es enviada a Inglaterra a estudiar y es la nieta consentida de la Reina Victoria.

Con motivo de la boda del Gran Duque Serge Alexándrovitch de Rusia, el tío menor de Nicolás aún príncipe heredero (zarévich para los rusos) y Elisabeth de Hesse-Darmstadt, hermana de Alejandra se conocen “Alix” y “Nicky” iniciándose un gran amor que duró hasta el asesinato de ambos. Alejandra se convierte a la religión ortodoxa y los enamorados novios se casan en 1894 en fastuosa ceremonia en el Palacio de Invierno.

El carácter tímido de Alejandra es tomado por la nobleza rusa y por el pueblo como antipatía. Hay que señalar que la precedente zarina, María Fiedórovna y madre de Nicolás, era una mujer jovial, frívola, amante de las grandes fiestas, los hermosos vestidos y las llamativas joyas, todo lo contrario de Alejandra.

Los años posteriores al coronamiento fueron difíciles para la pareja: la derrota en la guerra contra Japón en 1905, levantamientos obreros y campesinos, huelgas de los estudiantes aunado a la mayor de las tragedias para una madre: ver a su hijo enfermo de una cruel y asesina enfermedad, la hemofilia. Esta enfermedad fue transmitida por su bisabuela, la Reina Victoria, portadora recesiva y llevó a la desesperada madre a encontrar consuelo en manos de un charlatán-sacerdote-curandero llamado Rasputín y que fue de nefasta influencia para la familia imperial.

En 1914 se declara la Primera Guerra Mundial, Nicolás II parte al frente y deja a “la alemana” a cargo del gobierno, y bajo la égida de Rasputín. Todos los rumores fueron pocos, el peor de ellos fue que Alejandra y Rasputín eran amantes (es cierto que la reputación de Rasputín en cuestiones de faldas era de las peores). Alejandra, acompañada de sus hijas y de otras damas de la corte, se dedica a la atención de los heridos de guerra.

Primero triunfa una revolución burguesa dirigida por Alexander Kerenski, en febrero de 1917 pero la revolución bolchevique logra dar un golpe de estado en noviembre y se adueña del poder. Con Kerenski la familia imperial había sido recluida a residencia en su Palacio Mijaílovsky en Tsárskoie Tzeló a las afueras de San Petersburgo, pero a la llegada de los bolcheviques fueron enviados a un convento en Tobolsk y más adelante a la lejana ciudad de Ekaterinenburgo.

La familia imperial fue prisionera de los bolcheviques en la casa de un notable mercader de la ciudad de apellido Ipatiev acompañados por unos pocos sirvientes (el valet del zar, el cocinero de la familia, la doncella de la zarina, el médico de la familia y el pinche de cocina que fue sacado del cautiverio en el último minuto). Una noche fueron llamados para “ser fotografiados” en el sótano de la casa. El zar se sentó en la única silla del aposento con su hijo hemofílico en sus rodillas. Alejandra de pie, a su lado. De pronto entró un oficial rojo para anunciar que en nombre del pueblo ruso eran condenados a muerte. El zar tuvo tiempo para pararse y preguntar: -¿Qué? , la zarina tuvo tiempo de hacer la señal de la cruz (a la usanza ortodoxa) y una ráfaga de tiros asesinos dio fin a la vida de los condenados. Las princesas Olga, Tatiana y María llevaban corsés, como se usaba en la época, y dentro de ellos piedras preciosas que aliviaran un incierto futuro. Las balas rebotaron contra los corsés y fueron acabadas a puro bayonetazo.

Dato curioso es que en el lugar donde se encontrara la casa Ipatiev la nueva Rusia, reconciliada con su pasado, edificó la Iglesia sobre la Sangre Derramada.

Los rojos se apresuraron a deshacerse de los cuerpos tirándolos en una fosa común en un bosque cercano. En 1991 se encuentran finalmente los cuerpos de todas las víctimas, salvo el del zarévich y el de Anastasia, la hija menor. Los cuerpos de Anastasia y del joven Alexis fueron finalmente encontrados en otra fosa en 2007 y un prominente laboratorio de genética de los EE.UU. reconoció en ellos a los de los jóvenes.

Estas desapariciones siempre dan lugar a muchas leyendas. Se ha hablado de que la zarina por una razón desconocida llegó a vivir con su hija Olga en un convento de Lvov (a la sazón territorio polaco y desde el inicio de la Segunda Guerra Mundial robado por la Unión Soviética) y más tarde en otro convento de Florencia. Conocidos por todos es la historia de Anastasia y toda la tinta que hizo correr siendo protagonizada por Ingrid Bergman en una película homónima. Como dicen: rumores e historia no son buenos amigos.

.
.