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El problema no es el salario mínimo, es la baja productividad

#Evolución

Como siempre, otro año más, las contrapartes en la comisión del salario mínimo se enfrascarán en posiciones irreconciliables respecto de la fijación de un salario mínimo y quedará a discreción del gobierno la decisión final que, como siempre, seguramente será de incrementar en algún porcentaje de la magnitud acostumbrada el salario mínimo impuesto por ley para el siguiente año. Ello bajo la idea predominante en nuestra triste realidad que el salario “mínimo” impuesto por la vía legal obedece a la necesidad de que por decreto se fije el monto de un ingreso mensual en concepto de salario con la aspiración de que sea suficiente para cubrir las necesidades básicas de un trabajador y su núcleo familiar. Algo a todas luces poco realista. No propongo con ello, lógicamente, que se imponga un salario “mínimo” por fuerza legal hasta un monto suficiente para satisfacer todas las necesidades y apetencias de cualquier trabajador. Por el contrario, pensar que ello sería factible equivale a pensar que la pobreza se resuelve con una varita mágica llamada salario mínimo y que “por decreto” todas las personas van a tener un ingreso decoroso. La realidad que muchos optan por ignorar – la mayoría por ceguera ideológica, por cierto – es que los salarios mínimos por decreto en buena medida sólo causan más desempleo. Y ello se debe a que no se entiende cuál es la naturaleza económica de un salario.

En nuestro país se tiene una precaria aprehensión de la dinámica de la economía, siendo la visión imperante más bien estática. También se tiene una comprensión inadecuada sobre la formación de los salarios, que son la remuneración del valor de la productividad del trabajador, y también del salario mínimo. A diferencia de nuestro medio, la noción y, por tanto, regulación que se tiene en los países desarrollados sobre el salario mínimo toma en consideración los factores económicos relevantes. Cabe mencionar, para empezar, que ninguno de esos países se desarrolló con regulaciones sobre los salarios que desalientan la contratación de mano de obra. En Estados Unidos, por ejemplo, la mayoría de la gente, incluidos muchos de los políticos que fijan el salario mínimo, entienden que éste se define únicamente como la remuneración básica o mínima que deben percibir los trabajadores de más baja productividad o “low-skilled workers” como se les denomina en inglés. Algo similar sucede en varios de los países más desarrollados de Europa. Estados Unidos tiene ventajas adicionales. Primero, el salario mínimo se define por hora, de manera que no se desincentiva la productividad del trabajador, sino al contrario, las personas más productivas pueden optar por trabajar más horas y percibir mayores ingresos. Segundo, si bien existe un mínimo nacional, se fija regionalmente atendiendo a las circunstancias locales, lo cual genera un grado de competitividad en cuanto a las políticas salariales de los diferentes estados, lo que conduce a que dichas políticas, en general, sean razonables. En contraste, cuando aquí se promovió la idea de un salario mínimo “diferenciado”, por ejemplo, políticos ideologizados la cortaron de tajo eliminando con ello la posibilidad de crear nuevas fuentes de trabajo que hasta la fecha no existen. Lo más triste e irónico es que en ese municipio el salario real está aún muy por debajo de lo que hubiese sido un salario mínimo diferenciado legal.

Pero el fondo del asunto es la productividad. En países desarrollados muchas personas se incorporan a la población económicamente activa con pocas habilidades o una productividad relativamente baja. Son estas personas en quienes está pensado el salario mínimo. Generalmente son jóvenes, estudiantes, personas que con estos salarios bajos contribuyen marginalmente en su hogar o están en vías de independizarse, incluso personas de avanzada edad que optan por mantenerse activos y percibir algún ingreso y, sobre todo, personas que están en vías de desarrollar habilidades que se traducirán en incrementos en su productividad. Lo importante es que estas personas tienen la perspectiva y oportunidad hacia el futuro de optar a puestos de trabajo donde los ingresos son muy superiores al salario mínimo, al punto que este se vuelve irrelevante. Por ejemplo, en Estados Unidos el salario mínimo nacional es de $7.25 la hora y un plomero gana arriba de $45 la hora y un electricista arriba de $85 la hora. La razón es porque el mercado valora la productividad de esos trabajadores en esos rangos y los remunera acorde. Un excelente ejemplo nos lo dan nuestros compatriotas migrantes que, en una economía donde son bastante más productivos, generan ingresos mucho mayores a los que nunca tuvieron la oportunidad acá. Una política de salarios mínimos por encima de la productividad real de muchos trabajadores, como la guatemalteca, es realmente contraproducente y solo impide que personas de baja productividad puedan optar a un empleo donde se les remunere acorde a la productividad que ostentan en ese momento. Y en ese sentido destruye muchas posibilidades que puedan usar esos ingresos o experiencia para adquirir nuevas habilidades que les permitan subir en la escala salarial a futuro. Si queremos realmente mejorar el nivel general de los salarios en Guatemala, en lugar de aumentos nominales por decretos que sólo contribuyen al desempleo, lo que debemos hacer es fomentar los mecanismos para que los trabajadores puedan desarrollar habilidades técnico-vocacionales, flexibilizar la contratación por hora y a tiempo parcial, reducir los salarios mínimos nominales y, sobre todo, generar condiciones que atraigan inversiones de capital que son las que verdaderamente aumentan la productividad de los trabajadores, y por lo tanto, sus ingresos reales.


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