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La ya imprescindible pausa navideña

MI ESQUINA SOCRÁTICA

Nos ha llegado el tiempo de Adviento de acuerdo al calendario litúrgico, la obligada pausa previa a la de la Navidad.
Nos resulta un bienvenido respiro al trajín de todo el año, durante el que algunos unos días logramos desplazar lo urgente para detenernos en la contemplación de lo importante.
Al cabo de dos mil años de reiterarlo, se nos ha hecho hoy casi tan automático e imprescindible como la respiración. Pues son unos días únicos en los que tantos afanes por sobrevivir entre los que siempre nos hallamos inmersos se nos evaporan y nos permiten arribar a un claro remanso de intimidad con Dios y con nuestros seres más queridos.
O dicho de otra manera, se nos ha vuelto inconscientemente alimento anual del que no podemos prescindir y sin el que tampoco podemos intercambiar planes y esperanzas eminentemente humanas.
Es más, el misterio de la Navidad se nos ha comprobado como otra fuente ideal de cada vez mejores iniciativas y a nivel planetario, tales como la abolición de la esclavitud, el rechazo popular a las guerras, la suavización de la lucha de clases, la multiplicación de los planes de seguridad social e individual y los avances gigantescos de las ciencias así como de la beneficencia, tanto la pública como la privada, todo lo cual ha llevado que al final se nos haya casi triplicado la esperanza media de vida y la población mundial por ahora exponencialmente expandida hasta ocho mil millones de seres humanos.
Y mucho de todo lo cual también se haya contagiado al resto del mundo todavía por cristianizar, como la India, la China, el Japón, Corea y hasta por algunos rincones monoteístas islámicos.
Pero siempre al precio de esa advertencia del evangelista Lucas: “Guardaos de que no se hagan pesados vuestros corazones por el libertinaje, por la embriaguez y por las preocupaciones de la vida…” (Lc. 21:34).
Cosas que encima, para algunos que se las dan de muy modernos –y que en realidad son muy superficiales–, pertenece al mundo de los cavernarios… Porque como asimismo nos lo sugirió el texto del otro evangelista por nombre Mateo: “Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas;” (Mt. 11:29).
Qué demás sublime e íntimo a un tiempo puede disfrutar el hombre en este “el valle de lágrimas” como a su turno también lo aludiera esa otra preciosa oración medieval de la Salve que de niño yo cantaba en un coro:

Dios te salve, Reina y Madre de misericordia,
vida, dulzura y esperanza nuestra.
Dios te salve.
A Ti clamamos los desterrados hijos de Eva,
a Ti suspiramos, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas.
Ea, pues, Señora Abogada Nuestra,
vuelve a nosotros tus ojos misericordiosos,
y después de este destierro, muéstranos a Jesús,
fruto bendito de tu vientre…
Amén

Incluso ya nos lo había prometido siete siglo antes del mismo Cristo otro apasionado por la verdad y la justicia de nombre Jeremías: “Mirad que días vienen –oráculo de Yahveh– en que confirmaré la buena palabra que dije a la casa de Israel y a la casa de Judá. En aquellos días y en aquella sazón haré brotar para David un Germen justo, y practicará el derecho y la justicia en la tierra. En aquellos días estará a salvo Judá, y Jerusalén vivirá en seguro. Y así se la llamará: «Yahveh, justicia nuestra.»” (Jeremías 33:14-16).
¡Qué imprevisto alivio! ¡Cuán “dulce júbilo”!, también como así nos lo dulcificara un precioso motete medieval que alternaba el latín y el alemán y retocado mucho más tarde por nadie menos que Juan Sebastián Bach:

Con dulce júbilo
Ahora cantad y alegraos

Miel para nuestros corazones
Descansa en el pesebre
y brilla como el sol
en el regazo de la madre
Nuestro Alfa y Omega…

¡Cuán consolador todo esto para la felicidad no menos de otros! Porque se ha cumplido la promesa de Isaías: “Ciertamente consolará Jehová a Sion; consolará todas sus soledades, y cambiará su desierto en paraíso, y su soledad en huerto de Jehová; se hallará en ella alegría y gozo, alabanza y voces de canto.” (Isaías 51:3).
Aunque desdibujada en aquel entonces entre las sombras de la cueva de Belén ya se hubiese asomado ominosamente en la pared alguna figura en forma de cruz…
Pero el gozo tampoco se agota en todo lo dicho, porque se ha constituido, encima, prenuncio de otro muchísimo más trascendente y duradero: el que nos acompañará por toda una eternidad aunque derivado de esa misteriosa sombra en forma de cruz.
O como mucho más bellamente lo expresara aquel que sus contemporáneos llamaron “el monstruo de la naturaleza”, Lope de Vega:

Yo vengo de ver, Antón,
un niño en pobrezas tales,
que le di para pañales
las telas del corazón.

¡Oh Navidad, siempre nueva y siempre la misma hasta el inevitable final!
Y aunque por el neopaganismo de nuestros días seamos contagiados por la ceguera interior de nuestras almas que solo alcanzan a entrever tales pináculos de la Fe revelada, el Bien siempre termina por triunfar sobre todo mal, como nos lo recuerdan año con año las lágrimas de Pedro y la desesperación de Judas. O como más definitivamente nos lo sugirió Pablo, el apóstol, en su carta a los romanos: “No te des por vencido de lo malo, sino vence siempre con el Bien al Mal.” (Rom. 12:21)

¡Aleluya!


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