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El consejo de los notables (parte 1)

TEOREMA

La señora D. vio su reloj con desesperación mientras esperaba que el semáforo cambiara a verde, eran las cuatro menos cinco; se convenció de que llegaría tarde a su cita con el Presidente. Aún no comprendía como habían podido localizarla en casa de Sonia, su amiga, cuando ella misma no sabía que estaría allí ese día. Se estremeció al pensar que pudieron haberla estado siguiendo sin que se diera cuenta. Convencida de que siempre había actuado correcta y honorablemente, había dejado de angustiarse tratando de adivinar el motivo de esa misteriosa convocatoria.

Llegó diez minutos tarde a la casa de gobierno en donde un señor que no conocía la saludó cortésmente por su nombre y la condujo al lado Oeste del cuarto nivel. En el vestíbulo había cuatro personas que se levantaron cuando ella se acercó, la consoló reconocer dentro del grupo al señor C. y a su gran amiga, la abogada A. Ambos formaban parte de su infancia; además advirtió que también conocía a los otros dos.

El señor de modales amables los condujo al salón contiguo y los instaló en una mesa ovalada de tibio cedro rojizo, tallada con gusto exquisito. Inmediatamente después, por la puerta interior apareció el Presidente. Se le veía preocupado. Su rostro grave, parecía concentrar todos los problemas que atravesaba el país. Los saludó uno a uno, presentándose por su nombre, luego los invitó a sentarse y sin mayores preámbulos anunció: Señores, les he pedido que vinieran hoy  para anunciarles que he decidido clausurar la Corte de Constitucionalidad, el Tribunal Supremo Electoral, la Procuraduría de los Derechos Humanos y, si fuera necesario, también el Organismo Judicial. No persigo cerrar las instituciones, pero sí quitar a los malos guatemaltecos que ahora están a cargo de ellas.

Hubo un silencio profundo en la sala. Se prolongó un minuto eterno, hasta que el abogado M. replicó: Señor Presidente, lo que usted nos acaba de comunicar me horroriza, atenta contra la República, que tanto ha costado establecer. Una acción así tendrá consecuencias funestas para el desarrollo de la institucionalidad del país.

Ahora el Presidente ya se veía tranquilo; el tono de su voz acusaba cierta tristeza cuando respondió: Quizá deba recordar que tan solo vivimos un remedo grotesco y patético de democracia. No hay participación de la población en la conducción del Estado. Lo nuestro es una politocracia manejada por hombres corruptos. Vea usted a los personajes clave del Congreso, de la Corte Suprema de Justicia, de la Corte de Constitucionalidad, del Ministerio Público, de la Procuraduría de Derechos Humanos, del Tribunal Supremo Electoral y del mismo Gobierno que presido. Me avergüenza reconocerlo pero entre ellos encontrará que muchos son estafadores, extorsionistas, usurpadores, vendedores de favores, chantajistas, saqueadores, narcotraficantes, ladrones… Una diversidad de antisociales más propia de un presidio que de un gobierno.

Señor Presidente ––dijo el señor C. –– antes de seguir adelante deseo preguntarle qué hacemos aquí, por qué nos llamó si nosotros no formamos parte de su gobierno ni de su partido político. Si antes de hoy ni apenas nos conocíamos ¿por qué entonces, nos confía lo que debiera ser uno de los secretos de Estado mejor guardados?

Porque ustedes ––replico de inmediato el Presidente–– son cinco de las personas más distinguidas de este país, la población así lo reconoce, su prestigio proviene de todos y cada uno de los actos de sus vidas. La gente dice que ustedes son hombres de bien, que son los hombres notables de nuestra sociedad. He decidido comunicarles mis planes convencido de dar marcha atrás si no consigo persuadirlos de su conveniencia nacional.

El futuro de este proyecto y el del país está en sus manos. Si lo aprueban y estoy en lo correcto, el país se salva. Si lo rechazan yo renunciaré a la Presidencia por que bajo las condiciones actuales no tengo nada qué hacer aquí, excepto convertirme en un individuo sucio y corrupto como mis antecesores. No se imaginan lo intensas y frecuentes que son las tentaciones que se presentan aquí.

En cualquier caso ––continuó el Presidente–– ustedes no se verán involucrados y sus nombres serán guardados en el mayor secreto. Les garantizo total confidencialidad. De inmediato, no tienen nada que ganar o que perder, a mediano y largo plazo sí, ya que es nuestro país, nuestra nación, la que lo tiene todo en juego.

Usted ha creado un verdadero dilema para nosotros señor Presidente, dijo el doctor S., sin embargo en cuanto a mí respecta, acepto el desafío que esto significa. La confidencialidad que nos ofrece no es importante, y en esto creo hablar por todos. Nunca actuamos en secreto ni escondemos nuestros actos. Si hemos de tener reservas sobre esta reunión, será por usted y su gobierno, no por nosotros. Por favor explíquenos sus verdaderas razones para no realizar los cambios necesarios dentro del marco constitucional.

El presidente veía hacia la abogada A. cuando respondió: Todas las veces que he intentado acciones que exigen cambios profundos he fracasado. Sin importar la magnitud del beneficio nacional, los políticos han bloqueado cuanta acción pueda reducir su poder. Tienen demasiados recursos a su alcance. La clase política es mucho más poderosa que lo que uno piensa. Cuando la prensa exhibe sus actos indebidos ––lo que sucede casi a diario––, la gente los cree débiles. Pero no lo son. Dentro del país, tienen estrechas vinculaciones con los militares, las iglesias, organizaciones empresariales y sindicales, con los movimientos subversivos que quedaron después de la guerrilla e, incluso, con los narcotraficantes.

En el exterior forman parte de organizaciones similares en casi todos los países del globo; sus socios en el gobierno norteamericano, por ejemplo, son particularmente poderosos. En realidad la clase política internacional, de la cual la nuestra es parte importante, tiene un poder que solo se puede comparar con el que mantuvo la iglesia católica en Europa hasta cuando finalizó la Edad Media en el siglo XV. Hoy día, los políticos son los amos del Universo.

Después de una pausa de silencio el Presidente prosiguió: Sé que habrá una fuerte reacción internacional, quienes dirigen el mundo se pronunciarán en contra mía. Las organizaciones internacionales convocarán a asambleas urgentes para proponer represalias a mi gobierno y a nuestro país. Los políticos del mundo nos condenarán y los presidentes más débiles romperán relaciones diplomáticas con nosotros. La infame ONU, la OEA, la UE, la CARICOM y hasta la OTAN, que nada tiene que ver con nosotros, me llamarán dictador. Me compararán con Castro, Pinochet, Maduro, Ortega,  Somoza, Franco y Hitler; ellos se identificarán como hombres justos que actúan en nombre de la Democracia.

La señora D., cuyo rostro delataba estupefacción, interrumpió para decir alarmada: Ante tantos y tan poderosos enemigos, me parece difícil que pueda ganar. Tal vez pueda disgregarlos si los envía al extranjero, con posiciones bien remuneradas. De esa manera dejarían de molestar y usted podría dedicarse a hacer el mejor gobierno posible, durante el tiempo que le queda. No sé, algo así.

El abogado M. interrumpió con vigor moviendo negativamente la cabeza mientras decía: No, eso no. Un hombre decente no puede favorecer la corrupción de otro sin convertirse en corrupto. Una persona honorable no debe intentar negociar con los pícaros, debe identificarlos y rechazarlos. De lo contrario, además de que inexorablemente perderá, también corre el riesgo de caer en su poder y convertirse en uno de ellos.

La señora D. mientras se incorporaba levantó su rostro hacia el abogado M. y después vio a los demás a los ojos, uno a uno. Con transparente sinceridad dijo: Lo siento, usted tiene toda la razón. Nuestro país solo merece soluciones donde impere la nobleza y la dignidad nacional. Lo que se haga debe ser hecho dentro de un marco estricto de decencia y honorabilidad.

Continuará…

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