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Esbirros de esbirros

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Sabía de antemano, que mi comida había sido manoseada por los dedos del agente encargado de verificar que ninguna parte del trasto que transportaba mis alimentos, estuviera libre de la infame exploración.

Relajada ya mi detención y reconocida oficialmente, me encontraba sujeto a medidas de seguridad, condición indefinida jurídicamente, que permitía mi reclusión sin plazo y sin tribunal responsable de llevar ninguna causa.

Se había dado después de mi secuestro en el segundo cuerpo de la policía nacional, cuyas autoridades se negaron hacer efectiva la orden de libertad decretada por un tribunal a los dos escasos días de mi inesperada detención.

Valga decir que en esos días, para evitar malas interpretaciones, era Consultor de la International Development Fundation con Sede en Nueva York, y asesoraba los programas de Desarrollo Comunitario de los presidentes Joaquín Balaguer en República Dominicana y José Figueres Ferrer, en Costa Rica.

Figueres fundó mi centro de estudios políticos.

Una pequeña odisea había sido el marco novelesco de aquella segunda captura ilegal.

En la puerta de lo que en esa época era el Hospitalito de la Policía situado a la par del atrio de la iglesia La Merced, sobre la once avenida de la zona uno, después de simular varias veces que me encontraba libre, ante quienes llegaron a cerciorarse que se cumpliera la orden del tribunal, y haberme regresado varias veces a la famosa celda 400, reservada para reos políticos.

Antes del último intento, que terminó en un abierto secuestro, en el interior de las instalaciones, el agente que me acompañó hasta la puerta del pequeño hospital, me invitaba a salir a la calle, donde me pude dar cuenta, al asomarme, que carros obviamente pertenecientes a las fuerzas de seguridad, de particular, esperaban que diera mis primeros pasos, para poder capturarme de vuelta, ya afuera de las instalaciones y afirmar, tal y como lo hicieron durante las primeras horas, frente al reclamo de mi libertad efectiva, que no me encontraba en sus instalaciones y que operaron mi libertad.

Retrocedí indignado, a la impropia invitación de que abandonara el hospitalito, y quizá por primera vez en la historia en situaciones similares, que en lugar de huir hacia afuera, corrí hacia adentro empujando puertas en busca de ver de nuevo a los amigos, que en la sargentía esperaban celebrar mi frustrada libertad.

¡No deja de ser un muchacho! Afirmaron finalmente quienes me vieron corriendo en busca de la sargentía.

¡Viene corriendo de felicidad! Se congratulaban entre risas, sin darse cuenta que atrás me perseguían mis captores tratando de impedir que llegara hasta donde estaban ellos.

La decisión de no obedecer la orden del tribunal, estaba tomada. Obstruir mi salida a cualquier precio era una orden de “arriba” que debían obedecer.

¡Y así se hizo!

Introdujeron el vehículo en uno de los garajes situado sobre la cuarta calle, ubicación del comando seis y procedieron a llevarme con ellos.

Por última vez repetí el recorrido antes hecho por tres veces, sólo que ahora en lugar de buscar la esquina de la sargentía, o la once avenida del hospitalito, me fueron derivando hacia la derecha, dirección de los siniestros garajes… esos mismos de color gris, que usted puede ver cuando sube sobre la estrecha cuarta calle que partir de un tope con la doce avenida, viene de la Juan Chapín, que circunvala al Cerrito del Carmen y que en dirección al poniente llega al costado de la Casa Presidencial.

Abandoné la celda 400 con cierta nostalgia. No me había sido ajeno que 16 años atrás, mi padre, abogado como yo, y por los mismos motivos, los políticos, había estado recluido en el mismo lugar y cosa increíble, lo habían hecho recorrer el mismo camino, también después de haber sido ordenada su libertad e incumplirla y por los mismos garajes, sacarlo, igual que a mí, en contra de la vía, buscando la doce avenida para escamotearlo de la vista de quienes esperaban su libertad en la puerta principal del segundo cuerpo.

Una la diferencia. A él lo llevaron rumbo a la Penitenciaría Central, ubicada donde hoy se encuentra el Banco de Guatemala y el Crédito Hipotecario Nacional en calidad de “Depósito”, equivalente a la mía “Por medidas de seguridad en Estado de Sitio” y a la Prisión Provisional de este infame hoy. ¿Porque recuerdo todo aquello? Porque fue por estas fechas en que los Esbirros de antes, se saciaba con la prisión ilegal.

Circunstancias similares a los detenidos de hoy en “Legalizada Prisión Provisional” ordenada por Esbirros más sofisticados, pero igualmente infames al prostituir la ley para saciar sus fechorías.

Soportar que los inmundos dedos de otro esbirro de esbirros, recorriera el fondo de mis alimentos era finalmente una pena menor. Ponerme al extremo del famoso callejón de los políticos, a procurar mis necesidades fisiológicas a la vista de todos y sobre aquel plano inclinado con un orificio que reclamaba pulso y destreza para mantenerse en posición de águila con los brazos abiertos para no caer sobre la plancha de cemento resbaladiza que la cubría, también podía ser lo de menos.

Y quizá poco importante también, cuando harto de la incómoda posición decidí sentarme y a los días una extraña picazón me alertó que me habían poblado unos pequeñísimos bichos llamados ladillas.

Lo más difícil: Contar los minutos, las horas, los meses y los días sin saber cuándo terminaría aquella infame situación provocada por los Esbirros.

Por esa razón entiendo con profunda pena la situación de los detenidos políticos que hoy sufren sin plazo, una prisión motivada por la ambición de quienes manipulando el poder prefieren encarcelar a sus adversarios en lugar de disputarles el voto popular.

Un veintiuno de diciembre, se dio por fin mi libertad, con la obligación de presentarme a la siniestra Policía Judicial durante dos largos años cada 48 horas.

Mi primera noche, me cobijó mi padrino de bautizo don Mariano Arévalo Bermejo, en el Edificio Guatemala de la zona uno, al costado de capuchinas de la octava calle y décima avenida.

Me solidarizo con el alma, con todos los que hoy, sabiéndose inocentes, son víctimas del terror judicial al que nos sometieron los interventores y sus traidores esbirros nacionales y ven acercarse la navidad sin saber cuál será el desenlace.

En el tiempo en que yo sufrí aquella afrenta y mi padre a su vez la había soportado, nos consolaba el propósito de luchar contra regímenes opresores, que por cierto, cada uno a su tiempo rindió con su caída la mejor recompensa a sus infamias.

Era el tributo de quienes en la lucha de sus ideales estaban dispuestos a ser fusilados por su patria.

Pero nunca la infamia de hoy, que ha hecho a la ley cómplice del esbirriato.

¡Eso no tiene nombre ni perdón!

Podría llegar a pensar en comparación con los traidores y vende patrias, de hoy que: ¡Los esbirros de antes tenían clase!

¡Daban la cara! ¡Se les conocía! ¡No eran cobardes! ¡No se negaban!

Les cuento que aquel 21 de diciembre, en que finalmente me dejaron libre, a tres días de la navidad, como sublime recuerdo de su acompañamiento eterno, era el aniversario de la muerte de mi padre.


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