Home > Columnas > Jaque Mate

TEOREMA

Se llama así a una jugada de ajedrez en la que el rey, bajo amenaza mortal, no puede tomar la pieza atacante. Debe escapar pero todas las posiciones a su alcance han sido copadas por el adversario. Abatido advierte que ninguna pieza que hubiera podido sacrificar o interponer en su auxilio, puede ayudarlo. Derrotado, el rey abandona.

A principios de 2016 Iván Velásquez ocupaba el cargo de Comisionado de la CICIG y había conseguido dominar la vida política del país. El año anterior, 2015, con apoyo de Todd Robinson, Embajador de EUA, había puesto bajo prisión preventiva a Roxana Baldetti y a Otto Pérez Molina ─OPM.

Además, había conseguido desbaratar la candidatura presidencial de Manuel Baldizón presentando cargos judiciales contra su candidato vicepresidencial, acusándolo de integrar una red de lavado de dinero. La propuesta de LIDER quedó en ruinas.

En abril de 2015 Velásquez abrió el “Caso La Línea” que involucraba a altos funcionarios del gobierno de OPM. Los acusó de formar parte de una red de contrabando en aduanas. En ella estarían involucrados los directores de la SAT. Otros casos contra jueces, magistrados, ministros, diputados y otros altos funcionarios fueron denunciados, los jueves.

La población de Guatemala veía en Iván Velásquez al súper héroe que salvaría a la nación del flagelo de la corrupción. Pensaba que con él, el honor patrio estaba siendo restaurado. Que éramos como niños indefensos, a merced del villano que los humilla, los abusa y les roba; Velásquez era el héroe que llega a defenderlos y castigar al rufián. Los grandes enemigos de la nación, Baldetti, Pérez, Baldizón, Sinibaldi, Rabbé, López, Archila y otros, de bajo perfil, pero alto vuelo, eran perseguidos por el titán.

Sólo una parte reducida de la población, dentro del sector académico, gente con visión, poseedora de principios éticos superiores advirtió en contra de la CICIG, desde su fundación. Argumentaba que las instituciones del Estado fueron constituidas, ante todo, para proveer justicia y seguridad a los habitantes. Que esa era su razón de ser.

Aseguraban que podemos crear un Estado de Derecho, sin acudir a otros. Que, además, tenemos obligación de hacerlo. Llamaron intromisión a la presencia de terceros. Sus voces sabias no fueron escuchadas. Sus detractores, insensatos, aseguraron que antes ningún fiscal había sido efectivo y sobre esa base sentenciaron que nadie podría serlo sin el apoyo de la comunidad internacional. Ellos, mezquinos, faltos de coraje, dignidad y amor patrio, fueron mayoría y la Comisión se instaló.

En 2016, de haberse presentado a una elección nacional, Iván Velásquez la habría ganado con facilidad. Además tenía pleno apoyo del Departamento de Estado y de Todd Robinson convertido en cómplice suyo. El Congreso, bajo la dirección de Mario Taracena recibía “órdenes en inglés” que algunas veces fueron redactadas en la CICIG. La fiscal era lo más parecido a una esposa sumisa, obediente, sometida y agradecida. En la calle se exageraba diciendo que en el Ministerio Público no se escribía una sola hoja de papel sin autorización del Comisionado.

Soros y la “comunidad internacional” además de hacer generosos aportes a la CICIG, patrocinaron entidades de prensa que le proporcionaban apoyo mediático. Financiaban a oenegés dedicadas a atacar a sus críticos a través de las redes sociales. Con apoyo de la “Sociedad Civil de la señora Mack” consiguieron vender su slogan: “Yo soy la lucha contra la corrupción; quien se oponga a mí, es corrupto”. Además, el Presidente era neófito, débil, inseguro y se mostraba incapaz: “le hacía los mandados”. En 2016, Velásquez nombró a casi la mitad del gabinete de gobierno. ¿Qué más podía pedir?

A lo largo de ese año, Velásquez fue el hombre más poderoso de Guatemala.

Algo parecido había sucedido con John Edgar Hoover, quien fundó y dirigió el FBI durante 37 años, hasta su muerte en 1972. Hoover empleó procedimientos ilegales para investigar la vida de banqueros, políticos, científicos, artistas y hombres de prensa en Estados Unidos. Utilizó sus “archivos secretos” para intimidar, amenazar, chantajear y manipular a empresarios, jueces, magistrados y periodistas, incluyendo a ocho presidentes, entre ellos Truman, Kennedy, Nixon y Johnson.

En mi personal opinión –carezco de pruebas–, Velásquez admiraba a Hoover y actuó como él. Difería en centrar sus investigaciones en asuntos financieros y de enriquecimiento ilícito (Hoover lo hacía sobre la sexualidad e inclinación política de sus víctimas). Velásquez cooptó parte de la prensa, jueces, magistrados, diputados, ministros y otras figuras públicas. En ellos, como en los empresarios y los banqueros, más que temor, inspiró terror.

Como Hoover, Velásquez se extralimitó en sus funciones. Al hacerlo fue perdiendo, progresivamente el favor de gran parte del público. El 2 de noviembre de 2016 tomó por asalto la casa presidencial. A fines de ese año había intensificado el uso de “colaboradores eficaces” y “testigos protegidos”. Progresivamente la admiración empezó a convertirse en recelo. Cuando empleó criminales convictos por múltiples secuestros y asesinatos como testigos falsos, de la suspicacia se pasó a franca repulsión en muchos.

El 10 de febrero de 2015 trasladó a Vladimir Bitkov, infante de solo tres años de edad a un orfanato, lo privó de contacto con sus padres. Estuvo allí durante mes y medio. Al salir, presentaba serios daños psicológicos, conjuntivitis, parásitos y daños físicos que incluían un diente roto. La población se sintió indignada ante tal atropello.

Una persona que carecía de facturas vendió, en 2013, canastas navideñas por Q. 90,000 a una institución del Estado. El hijo del presidente, José Manuel Morales la ayudó a legalizar la venta con facturas de otra empresa. El 19 de enero de 2017, Velásquez envió al joven Morales a prisión preventiva. A decir de los abogados, convirtió una falta administrativa en un crimen penal. Fuentes políticas advirtieron un trasfondo: buscaba intimidar y posiblemente chantajear al Presidente.

El 26 de junio de 2017, al finalizar un partido de fútbol, Alfredo Andrés Zimeri Sandoval, de 19 años, fue golpeado brutalmente por varios funcionarios de CICIG, todos extranjeros y mayores de 30 años de edad. La gravedad de las heridas, hicieron temer por la vida de Zimeri. Tanto, que el hospital local que lo atendía, recomendó su traslado a un centro especializado en Estados Unidos. Allí estuvo cerca de dos meses. Año y medio después aún convalece de la salvaje agresión. Velásquez protegió a sus criminales, declarando que lo sucedido era “normal” en los juegos de fútbol en Guatemala.

El daño causado por Velásquez a personas y sus familias al llevarlos a prisión, es enorme. Algunos son culpables y merecen ese castigo. De ser condenados, esos años en prisión preventiva serán descontados de la pena que sentencie el juez. ¿Y los inocentes? Somos muchos quienes creemos en la honradez de Max Quirín y en la integridad de Sperisen y Vielmann ¿Y si son absueltos? ¿Cómo se repondrá el tiempo de vida que Velásquez, en nombre de la justicia, les robó? ¿Cuántos más, como Quirín, Sperisen y Vielmann serán declarados inocentes después de un juicio donde prevalezca la justicia?

Se dijo de Hoover, que «jugaba a ser Dios». Varios personajes que ven hacia Guatemala desde afuera, y que, ajenos a nuestras tribales pasiones, tienen mayor imparcialidad parecen pensar lo mismo de Velásquez.

Senador Marco Rubio, Florida: “La CICIG fue establecida por las Naciones Unidas y Guatemala para procesar la corrupción oficial y los abusos de los derechos humanos, NO para participar en ella”.

Senador Mike Lee, Utah: “La CICIG enjuicia repetidamente a individuos por fines políticos con sentencias infladas para los delitos más leves. El grupo se ha conocido por politizar el sistema de justicia en Guatemala y no por arreglarlo”.

Congresista Steve King, Iowa: “Guatemala tiene razón en rechazar a la CICIG”. “Las acciones politizadas de la CICIG hasta la fecha, la han dejado comprometida y sin una posición moral para continuar con su llamada misión de defender el Estado de Derecho imparcialmente en Guatemala”.

Hay mucho qué decir sobre el daño que la CICIG (que es Iván Velásquez) ha hecho a Guatemala. A mi juicio, la mayor perversión que ha causado a la nación guatemalteca ha sido dividirla como nunca estuvo. La confrontación, algunas veces violenta entre sectores sociales, académicos y políticos; aún entre amigos y hermanos, no tiene precedente. Ojalá algún día podamos integrarnos y reponernos de esa calamidad.

Hoy, Iván Velásquez, donde quiera que esté, ha regresado a la condición que tenía antes de llegar a nuestra Guatemala. A diferencia de entonces, es un hombre rico. Pero carece de poder. Se dice que perder el poder es mucho peor que no haberlo tenido jamás.


TEXTO PARA COLUMNISTA