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Proceso electoral e izquierda exguerrillera

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La izquierda exguerrillera, celebrados ya aquellos alucinógenos acuerdos de paz, fundó partidos políticos. Esa izquierda había intentado imponer, con  furiosa violencia criminal, un Estado socialista; pero fatigada por renovadas derrotas militares, y abandonada por sus frustrados patrocinadores extranjeros, tuvo que desistir de la lucha armada, y quiso disimular, con notable inutilidad, su fracaso mediante aquellos acuerdos de paz.

El más importante de los partidos fundados por la izquierda exguerrillera es, creo, el partido Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca. Una de las extinguidas facciones guerrilleras que lo fundaron se denominaba “Ejército Guerrillero de los Pobres”; pero no había tal ejército, el cual hubiera estado constituido por casi todos los guatemaltecos. Y otra facción se denominó “Organización del Pueblo en Armas”; pero no había tal pueblo armado, el cual hubiera sido irresistiblemente victorioso. Es decir, esas facciones, con su ambiciosa denominación, pretendieron sugerir que  cuantiosas masas populares se habían sublevado para imponer la justicia proletaria y derrocar la injusticia capitalista.

Los partidos de izquierda exguerrillera  han participado en procesos electorales; pero en ellos han obtenido una proporción de votos que ha sido una cuantificada expresión de repudio popular. Aquella izquierda que se complacía en un sangriento y destructivo terrorismo; que disfrutaba de la extorsión, el secuestro y el asesinato; que plácidamente imponía tributos de guerra y que obligaba a los indígenas a cooperar con ella so pena de muerte; esa misma izquierda ha agregado a su pretérito fracaso militar, que fue obra del Ejército de Guatemala, un presente fracaso electoral, que ha sido obra del pueblo de Guatemala.

La izquierda exguerrillera que pretenda competir en nuevos procesos electorales, como el actual, y  obtener una decorosa cantidad de votos, debería comenzar por reconocer que ha sido objeto de repudio popular. Y debería investigar, con obligada objetividad, necesario rigor analítico e ineludible honestidad intelectual, las causas del repudio. Y la dirigencia partidaria debería someterse a una autocrítica que revele la magnitud de la estupidez, la imprudencia de la confianza, la torpeza de la estrategia y la insensatez de la ambición por el liderazgo.

Quizá le convendría actualizar su oferta política y, especialmente, reducir su tóxica oferta socialista y agregar una terapéutica dosis de auténtico capitalismo. Quizá le convendría también emprender un cambio generacional y sustituir a una decadente, obsoleta y cavernaria dirigencia, que atenta contra la misma fantasía profética del sepultado materialismo histórico.

Y esa izquierda exguerrillera no solo debería congratularse por el triunfo de la izquierda en otros países sino esforzarse por triunfar en su propio país. Y no debería consumirse en atacar tediosamente a un presunto neoliberalismo sino en proponer una oferta política que hechice a los electores. Tampoco debería quejarse de que una democracia burguesa u oligárquica es causa de su fracaso electoral sino admitir que los electores la han repudiado hasta el grado de humillar sus arrogantes pretensiones redentoras.

Post scriptum. La izquierda exguerrillera tiene, en el actual proceso electoral, la oportunidad de demostrar que es un temible adversario de la derecha, y no un despreciable adversario que reclama ofensiva piedad.


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