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¿El precio de la PAZ debe ser la humillación y la guerra solapada?

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Todos buscamos la Paz, pero conseguirla requiere un mínimo de dignidad. En la antigüedad, quien perdía en el campo de batalla, era quien debía sufrir las humillaciones de la derrota. Hoy día, parece que la situación no es tan clara.

Como dijo bien W. Churchill: “El que se arrodilla para conseguir la paz, se queda con la humillación y con la guerra”. De tal suerte, que lograr la paz sin buscar una negociación, con un enfoque lo suficientemente creativo,  para que ambas partes puedan ganar y no se trate de una venganza de quienes en el campo de batalla, no tuvieron la oportunidad de vencer. O puede ser que los que se estuvieron en el frente ya por cansancio, buscaron un cese al fuego. O tal vez que los insurgentes vieran totalmente acabados sus fuentes de soporte bélico o recursos y buscaran una salida oportuna, antes de la derrota final.

Lo que no se vale, es que habiendo negociado una Paz, que fuera un alto del conflicto armado, los que negocien precisamente, fueran los artífices de escritorio o que desde sus parapetos académicos, nunca vieron el furor de la batalla y solamente usaron a sus compañeros de ideología, tal cual piezas de ajedrez, totalmente sacrificables.

Solapados en las sombras de los directores tras bambalinas, se han posicionado muchos de los ideólogos del conflicto, dentro de las estructuras politiqueras y nos han querido imponer a todos los que estamos al medio y muchas veces al margen de la conflictividad, que seamos nosotros quienes paguemos los platos rotos.

Y qué de una manera injusta, sólo se le reconozcan derechos y beneficios a los beligerantes, que por convencimiento o por inercia, enarbolaron la insurrección. No así, quienes por deber o por obligación, defendieron las estructuras legales del Estado. Perdonando las atrocidades de los insurgentes clandestinos. Convirtiendo en héroes, a sus ideólogos fracasados. Mientras se condena a quienes cumplieron su deber. Aún cuando, en el calor de la batalla, hubieran cometido excesos.

La Paz es el resultado de un mutuo acuerdo de no agresión. El parte-aguas a partir del cual se olvida lo vivido y se hace borrón y cuenta nueva. Qué esto sea justo, no lo es, en realidad está muy distante de lo que puede ser justo. Pero es un justiprecio por buscar un reencuentro entre hermanos. Y hacer un alto a un conflicto en donde pierden ambos bandos, donde sufren todos aquellos que están en el medio. Es reencauzar los recursos en la búsqueda de un desarrollo común, y no un despilfarro sin sentido, en donde todos perdemos.

Es como iniciar un nuevo día, con una luz nueva, en la que se deje atrás la obscuridad de todo lo acontecido. Quizás con la penumbra de la barbarie, pero lo que se obtenga debe ser totalmente nuevo, con un perdón por conveniencia. Pues en el conflicto, todos tuvieron parte de razón desde su verdad. Y sí se vuelve a estas causas, se renueva el caos. Debemos ir hacia adelante, porque hacia atrás, ni para coger aviada.

¡Una verdadera PAZ debe estar cimentada en un mínimo de DIGNIDAD!


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