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La retórica actual

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Columna Invitada

Abreviado, neológico, impulsivo, con fallas conceptuales, son las características que están apoderándose del lenguaje escrito actual. Un intercambio de decires que, aspirando a la inmediatez, olvidan ser cuidados resultando ambiguos y confusos. Hace unos días recibí un mensaje que decía algo semejante a lo que les trataré de trascribir (disculpas por los errores ortográficos): “Hola paula. Como estas??? Te escribo xq queria decirte…. Y tb q esta situacion me esta poniendo muyy ansioso. Hable con ella y dpues me tranquilice. ahora toy mejor (otra carita, esta vez sonriente). Bs. (muchas caritas tirando corazones)”.

Luego de leerlo e intentar interpretar el mensaje me pregunté: ¿En dónde ha quedado la retórica? (Retorica: “La retórica es el arte de bien decir, de dar al lenguaje escrito o hablado eficacia bastante para deleitar, persuadir o conmover” RAE)

Seguramente, muchos de ustedes habrán atravesado la experiencia de escribir una carta en papel, de puño y letra. Este momento, era un acto retórico por excelencia. Allí nos esmerábamos por expresarnos con corrección, embelleciendo nuestras ideas a fin de cautivar y seducir a nuestro destinatario. Muchas cartas serian rotas, otras tantas aceptadas, pero no aprobadas, antes de llegar a que finalmente seria guardada en un sobre, protector de nuestros preciados decires. Luego, vendría todo lo demás, ir al correo, despacharla, esperar. Esperar. Me detengo aquí porque creo en los tiempos que corren, ya no se espera. Toda la realidad actual está teñida de una inmediatez avasallante

Y esto tiene su repercusión en la manera en que nos relacionamos con los demás, en la forma en que nos dirigimos a ellos (y viceversa), en la incapacidad de detenernos a pensar tan sólo un instante en cómo decir algo sin causar sentimientos de enojo, incomprensión, malestar. La escritura actual está perdiendo la ventaja que tenía tiempo atrás ante la palabra dicha cuando uno elegía escribir antes que hablar para graduar, atemperar, pacificar, edulcorar un discurso que podría resultar hiriente o irritable a nuestro receptor. Por el contrario, ahora se escucha decir, por ejemplo: “es que los mensajes por WhatsApp son ambiguos, no se sabe si lo que has dicho es en serio o no”. Y aquí siento decepcionarlos, pero no es el mensaje por la aplicación sino la forma en que ese mensaje ha sido construido por el emisor.

Hoy en día en forma permanente recibimos mensajes de texto. Difícilmente alguno de éstos cuente con una retórica se despliegue con un mínimo esplendor o que no se encuentren decorados con al menos un icono ilustrativo destinado a querer transmitir algún tipo de emoción. Los iconos (o emojis) merecen una mención especial:  sus apariciones en el texto son en complemento, a algo dicho como elemento reafirmante, o a solas, intentando proponerse como representantes o sustitutos de alguna frase. Es así como una expresión como, por ejemplo:  «estoy contento», frase extremadamente extensa para la época, suele ser reemplazada en un instante con sólo pulsar una tecla, por un pequeño círculo amarillo humanizado, sonriente. Muchas otras veces, ante demasiada emoción, uno sólo no bastará, y se recurrirá a más, tal vez otros modelos porque realmente abundan, como pulgares levantados, luces, estrellas, corazones, arcoíris, etc., etc., para llegar a una especie de construcción pictórica.

Como si esto fuera poco, sumado a todo este desorden, se intenta innovar, imponiéndose un lenguaje inclusivo que reemplaza a una palabra histórica tan armoniosa fonética y conceptualmente como lo es «todos» por una especie de condensación entre letras y signos de direcciones de correos electrónicos -Tod@s-, o por el cambio de letras que dan como resultado un «Todxs» o «Todes» y que, a mi criterio, no provocan ningún efecto cautivante.

La inmediatez de la comunicación nos ha hecho crear un nuevo lenguaje que se asemeja a una especie de jeroglífico a descifrar compuesto por símbolos, iconos, signos de exclamación extranjeros, palabras escritas a medias o mal escritas. El apuro por la transmisión de lo que queremos decir, nos está haciendo no pensar, nos está haciendo perder el arte del bien decir, la capacidad de deleitar, persuadir y conmover. Tengamos cuidado.

Porque un signo de matemática no reemplace a una palabra. Porque un circulo amarillo humanizado no intente transmitir una emoción. Porque las frases tengan mayúsculas, comas, puntos seguidos y, fundamentalmente, puntos finales. Porque los acentos vuelvan a marcar una diferenciación. Porque volvamos a disfrutar de poder escribir y leer un «te quiero». Porque volvamos a escribir con todas las letras.


TEXTO PARA COLUMNISTA