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Con ternura a las madres de mi patria

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Antropos

“Madre, simiente de mi luz y la pureza,

Tu nombre se describe con rumores,

Con ríos de ternura, con estrellas.

Tu nombre está viviendo entre mi sangre,

Con loca algarabía de paloma

Grabada como surco entre mis venas”.  Oscar Arturo Palencia

El afecto profundo entre la madre y sus hijos se delinea a lo largo de la historia de la humanidad. Hay ejemplos virtuosos que marcan momentos de la vida individual y colectiva en donde  el sentimiento es el hilo integrador. El amor de la madre, es el lazo que une, que amarra, que junta, que integra.

Cada persona tiene un afecto especial con su madre. En mi caso, estoy rodeado de madres, de la mía que  fue  una señora que a los  96 años se nos fue, pero cuando vivió   reflejaba en su rostro y sus ojos, tantas cosas vistas de la historia de mi país. Su corazón vivió las angustias del drama cotidiano y del miedo a la muerte bajo el fuego de la guerra sucia que arrolló por mucho tiempo a Guatemala. Pero también tuvo la hermosa vivencia rebosante de alegrías que experimentó en cada una de las navidades y múltiples cultos dominicales de la Iglesia Amigos en los municipios del oriente del país. Al final, junto a mi padre, casi todo fue un idilio entre árboles frutales, matas de café  y buenos vecinos en un pueblito de Costa Rica, en donde envejecieron y se nos esfumaron físicamente en medio de nuestras manos.

Pero y además, vivo con alegría los sueños de mis hijas al convertirse en madres y gozar de las travesuras e ilusiones de sus hijas. Son madres jóvenes y tienen junto a ellas, otras personas con quienes compartir y a quienes ayudarles a trazar el camino de la vida.

Junto a ellas, está mi compañera de viaje que me ha dado un hijo, a quien le expresa su amor sin ahogarlo, sino que lo acompaña  y lo ama. Este hijo, es una gran ilusión. Ha crecido y de la mano amorosa de su madre es ahora  alguien de bien. Un ciudadano con derechos y deberes que se cultivó  en medio de tantas preocupaciones que surgen  frente a una sociedad  con profundas fisuras de incertidumbre en torno al futuro. Siendo  que los afectos se cultivan en la vida cotidiana, estas son las madres que más cerca están de mí.

Pero hoy quiero resaltar la presencia de  las madres de mi patria. Aquellas que viven en los  caseríos, aldeas, pueblos y  barrios. Las madres pobres y miserables que engullen día a día, miedos, hambre, sol, lluvia, suciedad y desnutrición aguda. Madres amedrantadas y violentadas, llenas de tragedia cotidiana. Ahí, también,  las miles de madres juveniles solas, alegres  o angustiadas.

O bien las madres que viven en su propia soledad sintiendo apreturas en su corazón porque  sus hijos no tienen padre. A unos los asesinaron,  otros se perdieron o  son   irresponsables. Ahí  también están las madres de familias acomodadas. Ellas, igual que todas las madres, por ese gran afecto y ternura que tienen hacia sus hijos, sufren los miedos ante el clima de inseguridad de una sociedad violentada.

¿Y las madres campesinas? ¿Y las madres indígenas? ¿Y las madres que migran por un pedazo de pan? Ellas transitan con ojos de tristeza por caminos polvorientos. Viven bajo techos en donde la lluvia se cuela en goteros y espantan las gallinas cuando estas cacarean en el cuarto de dormir. Y aun en medio de esta realidad tan adversa que genera dramas y dolores, estas madre sueñan y tienen ilusiones para que sus hijos crezcan sanos y felices con un cuaderno, un lápiz en la mano y un pedazo de comida para alimentar el cuerpo.  Todas ellas, son nuestras madres, amémoslas.

TEXTO PARA COLUMNISTA

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