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Valoremos a las candidatas femeninas

Poptun

A través de los años, el papel de la mujer en la política ha ido cambiando, aunque no tanto como nos gustaría. Las encuestas publicadas en abril sobre la intención de voto de aspirantes presidenciales en el presente proceso electoral marcaban una clara tendencia de ventaja a tres binomios encabezados por mujeres de las cuatro en contienda.

Sin embargo, las posibilidades que dos fórmulas integradas por mujeres lleguen a segunda vuelta, han quedado atrás, puesto que solo dos aspirantes siguen en la contienda electoral luego que las otras dos favoritas ya no participarán al ser descartadas por la Corte de Constitucionalidad debido a diversos aspectos legales.

En Guatemala, las mujeres representamos el 54% del padrón electoral, que equivale a 4.272,208, que supera ampliamente el porcentaje de hombres empadronados: 3.680,979, para un 46%.

Observamos que en este proceso electoral hay un repunte en la participación política femenina. Varias mujeres aspiran a distintos cargos de elección popular que, sin lugar a dudas marca una mayor participación de la mujer en la política de nuestro país, pero que no es suficiente para estar en paridad con los hombres. Asimismo continúa un bajo porcentaje de intervención de candidatas mujeres en las fórmulas presidenciales, con lo que se comprueba que la desigualdad de género en materia política sigue latente.

Esta desvalorización del mismo modo obedece a que los diputados del Congreso de la actual legislatura rechazaron las reformas a los artículos de la Ley Electoral y de Partidos Políticos que intentaban implementar que el 50% de los candidatos presentados por los diversos partidos políticos fueran mujeres e imponer una cuota obligatoria de participación femenina.

La paridad política dentro de una cultura patriarcal como la que se vive en nuestro país, es de vital importancia porque constituye una acción encaminada a favorecer a este grupo históricamente discriminado, lo que representa una oportunidad para ir construyendo la igualdad real entre hombres y mujeres, así mismo es útil para desencajar el paradigma androcentrista que ahora rige y “hace referencia a la práctica, consciente o no, de otorgar a los varones o al punto de vista masculino una posición central en la propia visión del mundo, de la cultura y de la historia”.

Junto a este inconveniente de desigualdad que afrontan las mujeres dentro de sus partidos políticos, se encuentra que su participación como candidatas no siempre les garantizará el triunfo, porque a pesar que somos la mayoría en el padrón electoral, las mujeres no recibimos o brindamos el voto a otra mujer, porque también reproducimos  actitudes machistas.

Una candidata mujer, al contrario que un hombre debe estar super calificada y demostrar amplia capacidad, conocimiento y experiencia, es decir, que como obstáculo para ganar, a pesar de poseer todos los méritos, encuentra a una ciudadanía machista a quien le debe probar habilidades excepcionales por la idea generalizada de encasillarla únicamente en un rol privado, realizando oficios domésticos, cuidando niños, entre otras cosas y no en la vida pública, como líderes y buenas administradoras.

Recuerdo la participación de hace algunos años de la Nobel de la Paz, Rigoberta Menchú, cuya inscripción generó mucha expectativa y temor de preferencia en las urnas, no obstante, otros candidatos referían que no constituía una rival política porque vivimos en una sociedad racista y machista en la cual difícilmente se vota por la mujer, en especial una indígena.

El modelo electoral actual sólo instala y naturaliza desigualdades y un techo de cristal que no permite cambiar integralmente el paradigma patriarcal electoral que ha imperado por años.

La esperanza de realizar el cambio normativo en las elecciones actuales se perdió con el voto de los diputados, pero el cambio no solo se da en la ley, sino además en la actitud de todos nosotros, por lo cual les invito a indagar las diversas opciones femeninas a cargos de elección popular y otorgarles su voto de confianza, para así revertir esos valores racistas y machistas que han prevalecido en la sociedad y que por el transcurso del tiempo ha relegado a la mujer guatemalteca al  sometimiento, al silencio, la inequidad y el patriarcado.

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