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Brindis por mí mismo

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Hoy 3 de junio del año 2019 me asedian ya setenta y tres años de edad. Diviso en mi pasado la inquieta y lejana cuna, y atisbo en mi futuro la serena y cercana tumba. En la noche de la víspera me paseé solitario en el jardín de mi casa. La fulgente bóveda celeste pareció invitarme a brindar; y un misterioso, repentino y efímero destello estelar quizá insinuaba que, transcurridos ya aquellos setenta y tres años de vida, brindara por mí mismo. Escancié un raro y añejo vino en una frágil copa de sonoro cristal puro, y brindé.

Y brindé por mí mismo, no porque he tenido aciertos, que son muy escasos, sino porque he corregido los abundantes errores que he cometido. No porque he tenido éxitos que son propicios para la suma satisfacción, sino porque he superado los fracasos. No porque he disfrutado de los bienes que la fortuna me ha brindado, sino porque he derrotado los infortunios. No porque las esperanzas que he tenido se han consumado, sino porque han surgido nuevas esperanzas. No porque la Naturaleza me haya dotado de algunos preciosos dones sino porque me he esforzado por aprovechar los modestísimos dones de los que pudo haberme dotado. No porque meramente soy yo mismo, como si me jactara de mi intrínseca imperfección, sino porque con fatigante ansiedad he buscado una vida que sea digna de ser vivida.

Brindé por mí mismo, porque soy un apasionado buscador de la verdad, que consume su vida en el intento de saber qué son las cosas y comprender por qué son como son; porque soy un persecutor de la verdad por la verdad misma; porque me esfuerzo por impedir que, en la persecución de la verdad, sea víctima de un interés ajeno a la verdad misma; porque admito que, en la búsqueda de la verdad, el tribunal supremo es la razón y no autoridad alguna; porque distingo entre verdad y utilidad, y por ello mismo distingo entre grandiosas verdades inútiles y miserables falsedades útiles; porque creo que la convicción no es prueba de la verdad; porque detesto cualquier pretensión dogmática, y plácidamente me regocijo en un sensato racionalismo crítico o en un cauteloso escepticismo; y porque reconozco que, en el proceso incesante de búsqueda de la verdad, la evidente verdad del presente puede ser la evidente falsedad del futuro, no necesariamente porque crea que toda verdad es relativa, sino porque puede dificultarse tener certeza de la verdad absoluta.

Brindé por mí mismo porque jamás, ni en mis más espléndidos momentos de presunción, o de orgullo, o de arrogancia, o de vanidad; ni cuando he disfrutado, en grado máximo, de ser yo mismo; ni cuando me he recreado, con inefable deleite, en los fabulosos territorios de mi exclusiva, gloriosa, sagrada, y soberana individualidad, he pretendido ser infalible. Brindé también por mí mismo porque reconozco que como ser humano, y por ello inevitablemente contingente y necesariamente finito, soy más propenso al error que al acierto; y si el acierto me ha eludido, por lo menos he tratado de evitar el error.

Brindé por mí mismo porque reclamo libertad como si ella fuera mi esencia misma; porque el ideal de libertad late en mí espíritu como mi más auténtico corazón; porque el ideal de libertad es mi eterna y vigorosa juventud; porque, aunque no sepa cuál es la verdad, sé que necesito libertad; porque mi necesidad de libertad es un poderoso fuego interior dispuesto a incendiar cualquier esclavitud, o servidumbre o vasallaje; porque en las más profundas regiones de mi naturaleza humana siento un explosivo ímpetu de libertad; porque mi vida pugna por ser un cósmico himno de libertad; porque creo que la libertad, como portentosa divinidad benefactora, le confiere a la vida un valor único, o valor que ninguna otra cosa del fecundísimo Universo puede conferirle; y porque creo que el estado ideal del género humano es la máxima e igual libertad de cada uno.

Post scriptum. Brindé por mí mismo porque intento ser mi crítico más acechante, siempre dispuesto a la máxima y hasta doliente severidad, y jamás dispuesto a permitirme una indulgente y hasta cómoda tolerancia.

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