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Soberanía popular violentada

Teorema

La incertidumbre persiste. Uno entiende que muchas personas ya estén cansadas de un escenario hoy y otro mañana. Quiere, debido a esa desesperación, confiar en sus autoridades. Ya declararon que Sandra Torres y Alejandro Giammattei pasarán a balotaje. Entonces, preparémonos para votar a uno de ellos y listo.

¿Para qué tanta vuelta? Ciertamente, los magistrados merecen ser expulsados vergonzosamente. Pero eso lleva tiempo. ¿Qué se gana con repetir la elección como algunos piden? Además, si se repiten, lo más probable es que sean ellos, Giammattei y Torres, quienes pasen a balotaje. ¿Para qué tanta vuelta y tanto gasto? Dejémonos de babosadas, escojamos a uno de los dos ¡Y san se acabó!

Mucho cuidado, no es tan sencillo.

Permítame proponer un ejemplo. El año pasado, más de un millón de migrantes depositó USD 9,287.77 millones para remitirlos a sus parientes en Guatemala. Exactamente esa cifra fue recibida por los familiares. No les dieron un solo centavo de menos. No entregaron a la familia de Fulano lo que Sutano había enviado a su propia familia.

Con la votación debió suceder algo parecido. Cada uno de los candidatos –entiendo que eran cerca de 10 mil— debió recibir exactamente la cantidad de votos que los electores les otorgaron. Ni uno más ni uno menos. Además, Cabrera no debió recibir votos que eran para Duarte, ni Duarte los destinados a Chea.

Se dice que cerca más de 3 mil actas presentan “anomalías”. Se agrega que “apenas” es el 3%. Si el banco que maneja las remesas se equivocara 3 veces en cada 100 envíos. Causaría una pérdida de “solo” $ 280 millones (3% de lo enviado), los migrantes estafados lo habrían demandado y los funcionarios a cargo estarían en la cárcel. Si la pérdida fuera de 1% ($90 millones) sucedería lo mismo. No se trata sólo del monto defraudado sino también del acto mismo de defraudar.

Los cajeros que manejan el dinero de los migrantes pudieron haber sido chambones y causar errores no intencionales al recibir los fondos o al entregarlos. De ser así, la gravedad penal para el banco sería la misma. La institución seguiría siendo culpable si su sistema informático duplicara los datos para uno y se los restara a otro. En el extremo, si el banco defraudara un solo dólar por año a cada depositante, no valdría la pena seguirle un proceso judicial. Empero, los migrantes perderían su confianza en él y desaparecería.

El cómputo que exhibe el resultado de una elección debe representar, la intención de los electores para elegir a sus autoridades. Si no hay correspondencia entre uno y otro, entonces los electores fueron defraudados. Esto es, los resultados son fraudulentos. Si son fraudulentos, hubo fraude, sea este doloso o no lo sea.

Muchas personas piensan que un fraude es necesariamente doloso. Esto es, que al menos un magistrado recibió dinero a cambio de adulterar los resultados a favor de un partido político. Ese no parece ser el caso. No hay ninguna evidencia de que un magistrado u otro funcionario, haya recibido paga para cometer fraude. Lo acontecido parece situarse mejor en terrenos del descuido, de la incompetencia y de la ignorancia.

Estoy convencido de que, con contadas excepciones, los pobladores no entendemos a cabalidad la importancia del proceso electoral. Nos centramos en pensar si Sandra Torres preside o no preside el Gobierno. Si bien tal acontecimiento sería muy importante, la transparencia del proceso, lo es más, mucho más. Pero ese es un razonamiento una profundidad conceptual superior a mis conocimientos.

Sin embargo entiendo que la soberanía del Estado de Guatemala la detentamos los habitantes. Disponemos de los ríos, los lagos, la zona marítima nacional, el espacio aéreo, el suelo, subsuelo, las aves, los peces, los cangrejos y demás especies terrestres y marítimas que habitan nuestro territorio. Nosotros, los soberanos (Soberano: el que tiene autoridad sobre todo lo demás, es el que está por encima del resto) delegamos tal soberanía —con limitaciones— en los funcionarios que elegimos para que administren el Estado y nos ceñimos a él. Si aconteciera una invasión extranjera, acudiríamos a defender, incluso con nuestra vida, esa soberanía.

Generalmente el término soberanía se emplea para designar la independencia que tiene un Estado de otros, en cuanto a la toma de decisiones que le atañen respecta. Pero también hay una concepción de soberanía interna. La soberanía siendo una, tiene con dos expresiones. Es como los dos lados de una moneda.

Resulta terrible, ignominioso, que ese grupo de personas a quienes cedimos parte de nuestra soberanía, se haya atrevido a elegir por nosotros a quienes habrán de gobernarnos. Hablo no solo de los magistrados del TSE sino también a los de la CC y los de la CSJ; así como del Registrador, la Fiscal y el Contralor. Ellos, en vez de subordinarse —como debió ser— a la voluntad popular, impusieron su voluntad sobre la de nosotros, los soberanos.

El asunto llega más lejos que si nos preside Torres o Giammattei. Quien sea, llegará mediante un proceso cuestionado. Eso significa debilidad, inestabilidad, fragilidad… Quiere decir que le costará diez, cien veces más gobernar un país ya harto difícil de regir.

Cuando los gobiernos empiezan a fracasar, cuando enfrentan paros, huelgas y manifestaciones frecuentes. Cuando sus mejores esfuerzos son vistos con suprema desconfianza, cuando todo sale mal, cuando pierden las originales y loables intenciones de cuando eran candidatos, inician el saqueo. Sabiendo que de todas formas saldrán sin honor, empiezan a llevarse «algo». Al mismo principio de la “era democrática” se llevaron hasta la vajilla… y uno que otro escritorio.

Por qué ahora habría de ser distinto si se trata de conducta humana pura. Un triunfador se llena de gloria, de orgullo, de valores éticos, recibe admiración y se esfuerza más… Pero el triunfador y el perdedor muchas veces son la misma persona, después de enfrentar realidades diferentes.

TEXTO PARA COLUMNISTA

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