Home > Columnas > La cascada tiene hambre 

Hoy subimos hacia la mitad de la Cascada del Khumbu; salimos a las 6:00 a.m. Por muy adaptado a la altura que uno pueda estar, siempre nos quedamos cortos con la respiración cuando avanzamos. La Cascada del Khumbu es hermosa; es un glaciar inmenso, con seracs tendidos arriba a nuestro alrededor  y en cuanto le pega el sol, comienza a derretirse y ya no es tan hermoso estar ahí adentro. El año pasado, al entrar se escuchaban los “cracs” del hielo encima de nosotros y a veces daba miedo porque en cualquier momento, se puede venir algo abajo. Hay que recordar que la Cascada del Khumbu es literalmente eso, una cascada congelada que se derrite y se mueve por debajo durante el día y la noche, todos los días, todo el tiempo, y no hay otra forma de llegar al Campo 1, si no es atravesando el Khumbu.

En 2014 fue ahí donde cayó un serac que provocó una avalancha y segó la vida de 17 sherpas que justamente estaban pasando; las expediciones fueron canceladas después de este incidente y por tal motivo, se guarda luto la fecha 18 de abril, día en que nadie sube a los campos de altura. Por supuesto, la otra forma de llegar al Campo 1 sería en helicóptero, pero eso creo que no sería propiamente escalar la montaña, aparte de que el costo sería elevadísimo. Los helicópteros solo llegan al campo 2, a 6,500 msnm; es casi imposible un rescate a mayor altura, por la falta de oxígeno. Esta mañana, al salir, me corté la punta del dedo índice con un cono de hielo que estaba atravesando; no me dolió, pero pude observar el color rojo saliendo de mi piel, intenso entre la blancura y el celeste del hielo a mi alrededor.

Recordé inmediatamente el cuento de García Márquez en el que una chica se corta el dedo índice con la espina de una rosa… El Khumbu es fascinante; atravesamos algunas escaleras con grietas alrededor, unas verticales, otras horizontales, y tiene unas secciones tremendamente verticales, hasta 60 grados, que no son muy usuales. Mi corazón late fuerte, lo siento en cada esfuerzo fuerte que hago y pienso: “controla la respiración, respira, poco a poco, despacio…” Tengo que estar muy enfocada; no podemos parar, porque es una de las partes más peligrosas y de repente se escucha ya no un “crac” sino un estruendo espantosamente largo y tendido,  como si alguien golpeara con mucha fuerza una puerta.

Esto se vuelve constante. Me detengo, veo a mi alrededor, Wondi, mi sherpa, está muy tranquilo y me avisa que avance. No creo que me acostumbre al sonido de los intestinos del Khumbu; pronto el sol llegará donde estamos y debemos bajar. El resto de mi equipo está unos cuantos metros enfrente. Empezamos el descenso, llegamos finalmente al campo base y tomamos todos la decisión de que solo entraremos a la cascada 2 veces más, un total de 4 veces. Una para subir a los campos de altura y bajar; y la última, cuando vayamos hacia la cima. Estoy bien, contenta de saber que no es la primera vez que he entrado en la cascada. Recuerdo que en 2013, en mi primera rotación, regresé totalmente molida e impactada. Me alegra saber que esta vez regresé mucho mejor.

A pesar de ser la cumbre del Everest el objetivo, considero que hay que estar bastante fuerte solo para llegar a Campo 2, no digamos campo 4, que es donde realmente empieza el Everest. Les comparto la siguiente reflexión con la que me identifico: “Una verdadera luchadora no es la que siempre gana, sino la que a pesar de sus derrotas, nunca se rinde”.

Una verdadera luchadora no es la que siempre gana, sino la que, a pesar de sus derrotas, nunca se rinde.  Gracias, Guatemala por  estar latiendo  junto a mí

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