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Un profundo sentido de cambio, más allá del suceder temporal de los hechos, se respira en el mundo. Los últimos acontecimientos en el país poseen ese aire de año remoto, de fin de ciclo sometido al influjo de la ley. Pero, hay que decirlo, no solo es Guatemala; la aldea global está enferma y muchos paradigmas están al borde del precipicio. Lo vertiginoso impide vivir en el tiempo, el esencial, el que da la experiencia y esta, como decía María Zambrano, “nunca se libera del tiempo, de la pesadez de las horas, nunca fantasea ni especula”.

El planeta entero enfrenta desafíos inimaginables. Muchas regiones están incendiadas por la guerra. Otras, por el hambre y la migración masiva. La crisis económica campea por doquier cual jinete del Apocalipsis. La idea misma del sistema económico que impera en la mayoría de naciones hace aguas por su inviabilidad en el mediano plazo. Varios especialistas advierten sobre un nuevo ciclo de inestabilidad financiera.

La memoria es corta y desoye las lecciones del pasado. Lo que experimentamos en este presente de naufragios tiene sus raíces en valores y visiones que nos dejan a merced de tempestades de toda índole. “¿Cuál será el porvenir de mi pasado?”, se pregunta el poeta José Emilio Pacheco y vuelve a la carga: “¿Cuántas sombras de ayer ocultas en el ahora reaparecerán mañana en circunstancias que hoy nadie imagina?”. Bastan unas modestas menciones: Siria, Irak, Venezuela, Guatemala; el Brexit inglés y la debacle para Europa, entre otras. Pequeñas palabras con una significación profunda.

En ese gran teatro del mundo, algunos actores perduran en su incesante metamorfosis. Cambiar para que nada cambie, al final de cuentas, mientras el escenario siga en pie, las ruinas por venir son meras especulaciones. El resto son desechables y prescindibles. Finalmente, la existencia se ofrece como espectáculo. No hay nada de épica en ello, devorados por un instinto de autoinmolación, no alcanzamos a visualizar el tamaño de la amenaza ambiental, de la posibilidad de hambrunas a gran escala.

En ese sentido, Zambrano creía que “toda victoria humana ha de ser reconciliación”. De algún modo, reencontrarnos con otros valores que guíen una forma de vida más amable y menos violenta, menos patológica por la acumulación.

No se trata de la elaboración de grandes metafísicas para entender que vivimos un cambio de época, como lo fue el tránsito de la antigüedad a la modernidad. Tampoco se trata de echar las campanas al vuelo en el falso velorio del presente. Este es el que tenemos, este es que habremos de cambiar. Pacheco, en el poema “Juan Carlos Onetti en Santa Elena”, escribe: “…al final Napoleón es Waterloo y Santa Elena/ Todos vamos sin pausa hacia el desastre. Toda vida termina en el fracaso”. Sentencia que, más allá de su perplejidad, y de sus dimensiones casi ecuménicas, demuestra el fatal espíritu de los tiempos. Aún estamos a tiempo de salirnos de esos callejones sin salida. Ni quedarse al margen ni refugiarse en la actualidad. Valga un verso de Seamus Heaney para decir en voz alta: “Sacude el corazón, martillo del rocío”, y reafirmar el sentido moral de esta transmutación.

Aún estamos a tiempo de salirnos de esos callejones sin salida.  Ni quedarse al margen ni refugiarse en la actua-lidad.

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