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Patología Constitucional

“Un golpe de Estado es una acción política cuando menos irracional, y representa el fracaso de la convivencia del sistema político en sí mismo”, dice Juan Chicharro (La irracionalidad del golpe de Estado, República.com. 25/07/2016). Y explica:

“Un golpe de Estado es la toma del poder político, de un modo repentino de forma pacífica o violenta, por parte de un grupo de poder de ideología diferente, o no, a la del gobierno al que se destituye, vulnerando la legitimidad institucional establecida en un Estado, es decir, las normas legales de sucesión en el poder vigente con anterioridad nacidas del sufragio universal y propias de un Estado de derecho […] ha sido en el pasado una técnica para alcanzar el poder nada excepcional. Los ejemplos son numerosos […] de la lectura del controvertido libro de Curzio Malaparte (1931)”, las técnicas del golpe de Estado”, […] los condicionantes para el éxito de un golpe son expuestos y analizados (y) se desprendía que el fracaso era seguro por incumplirse la mayoría de ellos”, a saber: 1º. “una acción demandada por una mayoría de la población como consecuencia de la imposibilidad de la gobernabilidad o la de encontrarse ante un estado de necesidad […] acción que daría al empleo de la fuerza una legitimidad real o al menos aparente”. 2º. “el respaldo o, al menos, la pasividad de las fuerzas armadas. El fracaso en este aspecto puede implicar […] el estallido de una guerra civil […]” y 3º. “(el) control de los medios de comunicación y de los servicios públicos. Hay que abortar desde el principio la posibilidad de que estos alerten a la población y contribuyan a la resistencia”.

¿Es posible que en las sociedades modernas y avanzadas aún se produzcan golpes de Estado? “Releyendo a Malaparte –sigue diciendo— se puede entender que sí, aun cuando la forma de desarrollarse el golpe sea diferente” porque aplica el concepto “no solo a una operación ejecutada por las fuerzas armadas, sino también por poderes civiles, que -mediante la desestabilización del gobierno a través de acciones orientadas a generar caos social- provocan su caída y acceden al poder. […] Hoy el elector delega su voluntad política con el voto y la soberanía popular se desplaza a sus representantes, pero en realidad, se desplaza a los partidos políticos que suelen ser poco democráticos, y así vemos perpetuarse las camarillas de los mismos en el poder. Es decir, la democracia se pervierte y se convierte en partidocracia. Esa perversión existe por la pérdida del sentido del bien común, del interés nacional, que son la base implícita de la representación; en su lugar ahora se consulta a masas desconectadas, amorfas, fáciles de manipular […] y he aquí como en el estado moderno, las telecomunicaciones son el principal instrumento para orientar esa opinión pública y llevarla hacia los objetivos que se desean, al punto de que se convierten en importante arma de guerra. Arma para la guerra cultural y psicológica, la de desinformación y propaganda; cuyo último frente operativo son Internet y las redes sociales. En definitiva, otra forma de contemplar la toma del poder por otra vía que no sea la de las armas”.

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