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Recordando a un amigo

“El oficio del librero, lejos de ser el de una persona que se pasa el día leyendo, está a veces rodeado de anécdotas que tienen como escenario su lugar de trabajo. En estos espacios, se dan condicionantes particulares: se debe permanecer en silencio, el producto se puede consumir en el local (hay quien acude específicamente a leer) y los temas de conversación entre cliente y vendedor pueden ser tan variopintos como la infinidad de tramas que recogen los textos”, escribe Cecilia Martínez (Anécdotas de librería: las historias más increíbles que se escuchan entre anaqueles, La Nación, Buenos Aires, 31.07.16) al comentar el libro de Jen Campbell, Cosas raras que se oyen en las librería (Malpaso), que acaba de distribuirse en la Argentina. Nada mejor que este pasaje para enmarcar y evocar la personalidad y la labor de librero-bibliófilo desarrollada por más de dos décadas por quien en vida fue mi amigo, Julio Roberto Gálvez, propietario de la librería El Tecolote, a quien el domingo 24 de julio, al cierre de FILGUA  2016, se le hizo un público homenaje y en el que algunos de sus amigos, por gentileza de su esposa e hijas, tuvimos el honor de dedicarle algunas palabras.

En lo que me concierne destaqué su faceta de amante de los libros, que si bien vivió de los libros más vivió para los libros. Destaqué también su carácter afable y servicial, siempre presto y dispuesto para ayudar a todo aquel que requiriese sus servicios para hallar algún libro raro o cuasidesconocido en el mercado.  Recuerdo que tras una afanosa, larga y tediosa búsqueda, cuando al fin me consiguió una traducción al español de A sangre fría, de Truman Capote, que parecía inexistente o que jamás había existido, algo fortuito hizo que, como por arte de magia, aparecieran a la venta una buena cantidad de esos ejemplares.Y aunque no lo dije en aquella ocasión, también tengo presente que una de nuestras más profundas conversaciones giró sobre un pensamiento de Erasmo: “Cuando tengo un poquito de dinero, compro libros; y si algo queda, compro comida y ropa.”

Y aunque la vida murió, / nos dexó harto consuelo/ su memoria. (Jorge Manrique).

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