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Paradójicamente, la medicina se está volviendo peor que la enfermedad, en la medida en que se conoce la espiral de las ganancias de la industria farmacéutica a nivel mundial y su impacto en sistemas de gobierno débiles, como el de Guatemala. Muy especialmente en la salud de la población.

Hoy, en el mundo, este negocio alcanza cifras superiores a las ventas de armas y las telecomunicaciones, alcanzando márgenes de ganancia hasta del 100 por ciento. O sea que por cada dólar invertido en fabricar un medicamento se obtienen mil de ganancia. Al mismo tiempo, gracias a la globalización, las 10 mayores empresas farmacéuticas superan los beneficios acumulados por las otras 490 empresas.

El poder de este oligopolio no es fruto del mercado. La industria ha crecido gracias a la apropiación de las ganancias mediante el sistema de patentes y el control de las cadenas de comercialización de los medicamentos, siendo clave la protección de la industria en países como Estados Unidos, donde se controla el mercado de los 50 medicamentos más vendidos. Pero no solo eso. La industria ha ido sometiendo a sus intereses a organismos que surgieron para beneficiar a los ciudadanos, como la FDA, en Estados Unidos, la Agencia Europea de Evaluación de Medicamentos y hasta la OMS.

Todo ello en detrimento de la vigilancia y protección de la salud pública en los distintos países.

La industria farmacéutica eleva sus ganancias mientras la población ve mermada su salud e inducida a comprar medicamentos con base en grandes fraudes y engaños. Recordemos la alarma mundial generada para vender el Tamiflú y toda la retahíla de enfermedades raras que inducen a la compra masiva de medicamentos. Mientras más enfermos, más negocio.

Para sistemas de gobierno débiles, como Guatemala, el poder del oligopolio farmacéutico constituye un gran riesgo para su sistema público de salud, ya que para asegurar una permanente disponibilidad de medicamentos se ve forzado a hacer grandes inversiones. Además de la corrupción, las medicinas son cada vez más caras. Las cajas de medicamentos están siendo reducidas a la mitad de su contenido, por el mismo valor; es decir, tienen un incremento del 100 por ciento.

Países como Guatemala tienen la posibilidad de ejercer la soberanía y romper las cadenas tradicionales de comercialización, produciendo los propios medicamentos o importándolos de país a país, lo cual, a la luz de nuestra realidad, es un sueño imposible, pese a que la medicina no debería estar en manos privadas, pues para eso, se supone, tenemos gobiernos que deberían velar por el principio constitucional que es el bien público. A esta hora deben de estar muriendo muchos pobres por falta de un medicamento. La otra es convertir en prioridad la medicina preventiva, mucho más rentable que la curativa y que supondría un ahorro considerable de recursos para el Estado. Esta consiste en un cambio general de nuestros hábitos de vida, desde la higiene hasta el control de la natalidad, vía legislación y educación.

Soñar no cuesta nada.

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