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Máximo y el Cardenal de la Paz

Aquella noche del lunes 20 de septiembre de 1971, ayer hizo 45 años, el joven rector del Seminario Conciliar de Santiago y del Seminario Nacional Mayor, Rodolfo de Jesús Quezada Toruño, terminó sus labores pensando en que el siguiente sería un día especial: el 15 aniversario de su ordenación sacerdotal.

Abordó su automóvil y enfiló hacia el centro, por la estrecha carretera Roosevelt, sin imaginar que en pocos minutos la historia violenta de Guatemala le pondría ante la trágica pérdida de otra vida joven: la del dirigente estudiantil Manuel de Jesús Cordero Quezada.

Alrededor de las 18:45, cuando Quezada Toruño veía los últimos detalles de la jornada, Cordero Quezada dejaba el antiguo edificio de la facultad de Economía, donde se desempeñaba como profesor auxiliar, y en su microbús fue de la calle Mariscal Cruz hacia la séptima avenida. En ese breve trayecto paró, para que subiera Funes, a la sazón militante clandestino con quien debía arreglar asuntos del Partido Guatemalteco del Trabajo, del cual Máximo se había separado.

Máximo fue el pseudónimo con que se conoció a Meme Cordero Quezada en la Juventud Patriótica del Trabajo, de la cual fue responsable o secretario general durante la reorganización del brazo juvenil del PGT, a partir de 1968.

Jovial e imbuido de ese espíritu cantado por Violeta Parra: “la levadura del pan que saldrá del horno con toda su sabrosura”, Cordero Quezada se forjó en la militancia de la JPT como normalista, en el Frente Unido Estudiantil Guatemalteco Organizado (Fuego) y en la Asociación de Estudiantes de Ciencias Económicas.

Su liderazgo no pasó desapercibido para la seguridad del Estado: más de una vez fueron a buscarlo a casa de su mamá para capturarlo. Lo lograron, antes de la Huelga de Dolores de 1968. No pudieron desaparecerlo; lo llevaron consignado al “palacio” de la Corte Suprema de Justicia, engrilletado, junto con José Ernesto Monzón, el cantor del paisaje.

Entre risas, contaría después su “técnica” para aguantar la tortura de “la capucha”. Y el No Nos Tientes de ese año diría: “torniquete, rehilete, le hicieron los de la G2 a Meme en el cereguete”.

“Nos vienen siguiendo”, avisó a Funes cuando pasaron frente al Guarda. “Voy a acelerar, pero cuando baje la velocidad te tirás del carro y volás plomo para zafarte, porque el asunto es conmigo, no con vos”, añadió.

La G2 los alcanzó cerca de la Roosevelt y 25 avenida de la zona 7. Empezaron a disparar; Meme bajó la velocidad y Funes saltó, disparando. Parapetado tras el material con que construían una colonia, volvió a disparar y vio, antes de escapar hacia la San Juan, cómo unos metros adelante el microbús paró: allí remataron a Máximo.

En sentido contrario venía Quezada Toruño, quien vio la fuga de los verdugos. Se detuvo, llegó donde Cordero Quezada acababa de expirar y le cerró los ojos, que seguían viendo hacia un futuro ya inalcanzable. Rezó por su desconocido tocayo de nombre y apellido. Entonces, tal vez, empezó a forjarse el Cardenal de la Paz.