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Sigue el drama del Javier

Ya lo expresamos y lo reiteramos: el dolor tan inmenso, tan profundo y tan lleno de indignación que se siente por la muerte de un joven, sea quien sea, es lo más importante y el punto de partida de cualquier consideración. Lo sentimos como padres, como educadores y como miembros de la comunidad del Liceo Javier. Va nuestra solidaridad con la familia.

También tenemos que insistir en que los centros educativos deben hacer siempre su mejor y más amplio esfuerzo por la integridad de toda su comunidad. Esta es una responsabilidad ineludible y crucial. Un establecimiento educativo es un lugar donde se aprende, pero fundamentalmente donde se vive, donde se comparte con los demás, donde se crean relaciones y se construyen modos, hábitos y sensaciones para aplicar en la vida en general. Es una comunidad en la que se debe reflejar el cuidado a la vida, la dignidad y la integridad de todos sus miembros, mediante procedimientos, protocolos y acciones diversas.

Así que no se trata de eludir responsabilidades. Pero tampoco se vale que las cosas parezcan tan criminales cuando no lo son. Un accidente tan terrible como este pudo evitarse con otras medidas u otras acciones. Desde afuera es muy fácil hablar, pero algo debió hacerse diferente. Sin embargo, ese accidente nadie quiso que ocurriera, nadie incluso hizo algo concreto o directo para causar la muerte del joven. Entonces, ¿por qué se habla de homicidio culposo cuando se refieren al director -suspendido, ya sabemos-, cuando no tuvo participación directa en el asunto? Me parece que tildarlo de homicida es una terrible injusticia, sobre todo cuando él es alguien que ha dedicado toda su vida a la educación de niños, niñas y jóvenes, de una manera muy comprometida y cargada de amor.

No puede negarse que, además de las acciones preventivas que tal vez no se hicieron, hubo un erróneo manejo de crisis. Tal vez tuvieron que ser más claros, de manera más contundente e inmediata. Quizá tuvieron que accionar de forma más precisa en los momentos más críticos de la tragedia.

Además, pareciera que existe una intención de dañar la imagen del Liceo Javier, cuando este ha sido uno de los proyectos educativos privados más comprometidos incluso con el derecho a la educación pública. Su visión social, su sentido humano y de pensamiento crítico han marcado siempre su esfuerzo educativo. Todo eso no puede echarse a la basura y denigrar un concepto pedagógico que ha sido de aporte significativo en nuestra historia educativa. La incertidumbre, las noticias y las situaciones que se escuchan o leen sobre este penoso hecho, siguen creando dudas y desazón en toda la comunidad educativa que necesita encontrar las causas, las explicaciones y los caminos a seguir. Esperemos que pronto la verdad, desde las autoridades respectivas, llegue a todos y contribuya a la dignificación de todos los involucrados.

Insisto: No estamos pretendiendo que se exculpe a alguien, o que se olviden las responsabilidades, o que se niegue la verdad. Se trata de que la verdad y la justicia se hagan presentes, de un modo que, aunque no sane totalmente la herida, ni nos permita recuperar la vida de quien se fue, sí haga posible la paz y la tranquilidad de la familia y de la comunidad educativa.

Y de que se creen condiciones, en este y en todos los centros educativos del país, para salvaguardar la integridad y la vida de lo más sagrado y precioso que tenemos en nuestro país, nuestro símbolo cívico más importante: la niñez guatemalteca.

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