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Jimmy Carter, un presidente del partido demócrata, propició a mediados de 1979 la caída de Nicaragua en manos de los sandinistas, mientras El Salvador se tambaleaba peligrosamente bajo la presión del marxista Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, y en Guatemala el Ejército peleaba una guerra interna encarnizada contra el comunismo luchando solo, porque Carter, en 1977, suspendió la ayuda militar a nuestro país debido a la amenaza que representábamos para Belice, entonces una colonia de Inglaterra, el principal aliado de los Estados Unidos.

En el Oriente, Jimmy Carter precipitó la caída del sha de Irán a principios de 1977, permitiendo la toma del poder por el ayatola Jomeini, un fundamentalista musulmán, y apostó por Saddam Hussein en Irak, como nuevo líder árabe, creando un gran enemigo en la región. Carter también armó a los muyahidines en Afganistán para combatir a los soviéticos, sembrando la semilla de Al Qaeda, que cambiaría el mundo el 11 de septiembre de 2001.

Muchas de las más graves crisis mundiales de la actualidad, comenzaron durante el gobierno del demócrata Jimmy Carter, gracias a su mediocre gestión, y pareciera que Barack Obama ha seguido su ejemplo en su esfuerzo por minar el liderazgo de los Estados Unidos. Recuerdo muy bien la soledad de nuestro país ante la ofensiva comunista, asunto que Carter consideraba un proceso inevitable. Nuestro Ejército pelearía hasta la última bala, mientras el apoyo soviético para el terrorismo, a través de la Nicaragua sandinista, se dejaba sentir cada vez con más fuerza.

Entonces, llegó Ronald Reagan, un republicano que ganó las elecciones de noviembre de 1980, y su esfuerzo por recuperar el terreno perdido por Carter ante la influencia soviética, se sintió pronto a lo largo y ancho del mundo. Ese proceso electoral, lo mismo que el del martes pasado, lo vivió Guatemala con la misma intensidad que se vivió en los Estados Unidos. El primero representó la preservación de nuestra libertad, y el segundo representa la esperanza de un futuro mejor para nuestro país, libre del socialismo que hoy el Departamento de Estado quiere implantar aquí por medio del embajador más vulgar y abusivo que la unión americana alguna vez haya enviado a nuestro país.

Utilizando como bandera la lucha contra la corrupción que nos agobia, el embajador Todd Robinson se vale del vil sicariato judicial para minar nuestra economía, lo mismo que de Jose Rubén Zamora, un cobarde y servil mercenario del periodismo, para tratar de anular las voces de quienes nos oponemos a la manipulación del Congreso con la finalidad de imponer cambios racistas a la Constitución. La intromisión del diplomático carece tanto de diplomacia, que hace pocos días provocó un pronunciamiento de la Conferencia Episcopal en contra de la violación a  nuestra soberanía.

La agresión del embajador parece incrementarse a medida que se le acaba el tiempo, ya que se acerca el momento en que el republicano Donald Trump pronunciará la frase: Todd Robinson, you are fired.

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