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Por fin llegó el día. Me dispongo a salir con mis alumnos de Astronomía a cazar Leónidas, esos meteoros tan evasivos, pero tan emocionantes, que atraviesan el cielo en esta época del año. Nos dirigimos a la Costa Sur, donde intentaremos verlos. Sabemos que los meteoros son restos de un cometa que pasa cada 33 años, dejando un reguero de piedras en su camino. No son muy grandes, sino más pequeñas que el piedrín, casi como granos de arena.

La Tierra se mueve alrededor del Sol y justo del 17 al 20 de noviembre de cada año, entra en la nube de residuos que dejó el cometa Tempel-Tuttle a su paso hacia el Sol, cuando pasó por última vez, en 1998. Este cometa fue descubierto por Wilhelm Tempel y Horace Tuttle, cada uno por su lado, en 1865 y 1866. Análisis posteriores demostraron que este es el que genera la lluvia de las Leónidas. Vamos hacia la Costa Sur, en busca de cielos más oscuros, huyendo de las luces de la ciudad, para tener la máxima visibilidad posible. Es notable cómo cambia el cielo si uno sale de la ciudad. En vez de verse unas cuantas estrellas, se miran miles. El cielo se cubre de estrellas, tantas que las constelaciones se pierden y cuesta reconocerlas.

La observación de las Leónidas se hace a simple vista, acostándose en la arena y viendo hacia arriba. Comienzan a aparecer a partir de las 12 de la noche, y eso se debe a que a esa hora la constelación de Leo se levanta por el Oriente, y los meteoros aparentan salir de un punto situado en dicha constelación, siendo por eso que se llaman Leónidas o las hijas de Leo, el león. Pero el observador del cielo debe ir mentalmente preparado. Así como puede ser que se vean unas cuantas, podría ser que se vean miles o que no se vea ninguna y regresemos tristes. Sucede que la nube de piedrecitas que la Tierra encuentra en el espacio es irregular, es decir, que no tiene una forma definida, y además se mueve de un año a otro, resultando entonces que un año puede ser que la Tierra choque con una región densa de fragmentos y tengamos una lluvia maravillosa y otro puede que la Tierra pase entre dos nubes, en el vacío y no se vea nada o casi nada.  La pregunta es ¿cómo se irán a ver ahora?

La mejor hora será en la madrugada, entre 2 y 4 de la mañana, cuando el León se encuentra arriba de nuestra cabeza. Ahí es más fácil contemplarlas, acostados en la arena. Tomamos nota de su color, porque eso indica de qué material están hechas. También su estela, porque si es fina y delgada indica un tipo de material y si es gruesa y chispeante indica otro.  Algunas son más grandes y se denominan bólidos. ¡Los bólidos emocionan a todos y nadie se escapa de decir, “aaaah!”.

Es importante verificar la dirección y rumbo, para saber si son Leónidas o esporádicas. Si son Leónidas deben salir de Leo, si son casuales o esporádicas llevarán cualquier rumbo y no cuentan. Por último, el conteo. Debemos sumar todas las que se vieron y decir en cuánto tiempo las vimos.  Todo parece mucho trabajo, pero para el amante de las estrellas es pura diversión. El corazón late más rápido, el espectáculo es inolvidable. A ver cuántas vemos.

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