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Ni derechos ni humanos

El pasado 10 de diciembre se conmemoró el día internacional de los Derechos Humanos, celebrando que la mayoría de países han tenido significativos avances, salvo algunos como Guatemala, donde empeoramos en índices de pobreza, desnutrición, salud, educación y violencia. Por ello, lamentablemente, nos pueden decir que no somos ni derechos ni humanos. Hace 68 años, la Asamblea General de las Naciones Unidas adoptó la Declaración Universal de los Derechos Humanos (DUDH), estableciendo un estándar común para ser alcanzado por todos los Estados, en el que los derechos de todo individuo pasaron a formar parte de las Constituciones Políticas. El apoyo fue unánime, pues en 1948 todo el orbe estaba impactado por los horrores dela Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, en la actualidad se libran 43 guerras en el mundo; 31 de ellas se clasifican como de baja intensidad, y las 12 restantes van desde 10 mil muertos en el conflicto de Yemen, hasta los dos millones de víctimas mortales en Afganistán.

En el último lustro se registró un incremento de guerras y un aumento exponencial de muertos, heridos y desplazados, lo que ha provocado una crisis en Europa, y un florecimiento del racismo, la xenofobia y el rechazo a los principios fundamentales contenidos en la DUDH, incluso en Francia, país en el que se firmó esta Declaración. Lo anterior, sumado a los devastadores efectos del cambio climático, ha provocado que los principales pensadores del orbe consideren que vivimos en una grave crisis civilizatoria, que afecta a todas las sociedades del planeta, y que nos acercamos peligrosamente a un punto de no retorno, es decir, que los daños a la población mundial y al planeta serán irreversibles.

Esta lacerante realidad es la que ha motivado al Secretario General de la ONU a sostener que “Defender los derechos humanos va en interés de todos. El respeto de los derechos humanos promueve el bienestar de las personas, la estabilidad de las sociedades y la armonía de este mundo tan interconectado.” En ese contexto, paradójicamente, mientras el presidente electo de EE. UU. amenaza con desatar una guerra contra los latinos indocumentados, el presidente Juan Manuel Santos y las FARC pactaron la paz en Colombia, tras medio siglo de enfrentamientos, y el mandatario recibió el Premio Nobel de la Paz. En su discurso de aceptación, Santos sostuvo que el galardón era un reconocimiento a las más de ocho millones de víctimas que ha dejado la guerra de Colombia. “Las víctimas quieren la  justicia, pero más que nada quieren la verdad.

Mientras muchos que no han sufrido en carne propia el conflicto se resisten a la paz, son las víctimas las más dispuestas a perdonar, a reconciliarse, y a enfrentar el futuro con un corazón libre de odio”. Santos también exigió replantear la guerra contra las drogas, concluyendo que “La forma como se está adelantando la guerra contra las drogas es igual o incluso más dañina que todas las guerras juntas que hoy se libran en el mundo. Es hora de cambiar nuestra estrategia”, cuestionando así el Plan para la Prosperidad del Triangulo Norte. En conclusión, es a los humanos a quien nos corresponde defender nuestros derechos, como instó el Alto Comisionado de los DDHH: “Cuando alguien es víctima de abusos y siente miedo, podemos intervenir para ayudarle a salvaguardar sus derechos. Cuando una persona vulnerable es objeto de acoso, podemos intervenir. Donde haya discriminación y explotación, podemos expresarnos sin reservas, hacer saber que nos oponemos a ambas y tratar de detenerlas.” Así sea.