Columnas

Solo hacía falta rematarlos

Como un presente para un país que navega en un turbulento mar de precariedad, el 21 de diciembre la Corte Interamericana de Derechos Humanos le obsequió a Guatemala, para celebrar dos décadas de la firma de la paz, una condena que incluye el pago de resarcimientos por un monto que ascendería a unos Q225 millones de quetzales.

El regalo viene envuelto en otra mentira relacionada con el enfrentamiento armado interno, y como moña seguramente trae más persecución contra nuestros veteranos de guerra. En eso paró la firma de la paz, en una piñata que no cesa de desparramar los impuestos de los guatemaltecos en pagos ilegales. Jamás ha salido de la pobreza ninguna comunidad que haya sido beneficiada con algo de los más de Q1000 millones en resarcimientos que hasta hoy se han despilfarrado sin el menor pudor. A mejor vida han pasado solamente los intermediarios que se han embolsado una buena porción de esa monstruosa cantidad de dinero, que forman parte de la fila de corruptos que tiene podrido al país.

Como ciudadano de a pie, estuve en contra de la negociación de la paz con los grupos terroristas alzados en armas. Consideré que para poner fin a la guerra la opción era militar y no política. Para 1995, escasamente había 300 alzados en armas en todo el país, que ya no enfrentaban al Ejército con el coraje con que lo hicieron una década antes. El terrorismo marxista estaba derrotado; solo hacía falta rematarlo. Pero en el Ejército las órdenes se cumplen y no se discuten, y la orden en 1996 fue cesar el fuego y firmar la paz. El mejor Gobierno que ha tenido Guatemala desde que inició lo que se conoce como la Era Democrática, ha sido el de Álvaro Arzú. Fue la suya una gestión en la que el presidente mandó y lo hizo bien. Tomó decisiones complicadas que sin duda armaron la plataforma para impulsar al país hacia el siglo XXI, pero erró al firmar la paz.

No me cabe duda al respecto de las buenas intenciones de las que se revistieron las negociaciones de paz y de la esperanza de los guatemaltecos en que la firma de la paz traería transformaciones positivas. Pero no fue así. Una parte de una de las partes incumplió el contrato que se firmó el 29 de diciembre de 1996, y de la subversión mutó a la oenegización, y desde allí continuó la guerra por otros medios. Encontró el filón de oro que representan los juicios contra nuestros veteranos de guerra por medio de los resarcimientos. Se dieron cuenta también de los beneficios económicos que podían obtener disfrazándose de ambientalistas sin importarles hundir al país en el estancamiento, apadrinados por una parte de la comunidad internacional. Se envuelven en la bandera de la democracia, tratando de hacernos olvidar que asesinaron, secuestraron, extorsionaron y destruyeron para acabar con ella durante la guerra.

Es gracias a ellos y a sus derechos humanos, que ahora mueren más guatemaltecos víctimas de la violencia que los que morían durante los días más cruentos del enfrentamiento armado. Y así, hoy, al contrario de lo que ha sucedido a lo largo de la existencia de la humanidad, en Guatemala la historia la escriben los vencidos; aquellos a los que se les perdonó la vida, y equivocadamente se les dio una segunda oportunidad. Qué gran error.