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Los Almanaques

Colgado del refrigerador tengo un almanaque con la fotografía de un paisaje suizo calzado por una letra color azul que dice “Panadería La Bendición le desea un próspero año 2016”. A mí me gusta porque me remite a la infancia. A mi abuela le gustaban los almanaques y los colocaba en la cocina, en su ropero, en la sala… En cualquier lado. Antes de hacerlo yo los desenrollaba para ver la estampa que traería el nuevo año. Siempre era un paisaje muy remoto, muy europeo, siempre con cabañas en medio del bosque, llenas de hojarasca amarilla con marrón. Escenas optimistas de días sin gente que se me hacían habitables. Eran sitios tan distintos al barrio donde vivíamos.

Durante mi adolescencia trabajé en talleres de impresión. Lo curioso es que todo el mes de diciembre imprimíamos tarjetas navideñas y también estos dichosos almanaques soleados. El taller olía a gasolina, el radio regurgitaba a Vicente Fernández y a Los Tigres del Norte durante todo el día y las fotografías las escogía una secretaria —de lo más amargada— sustrayéndolas de un catálogo de imágenes prediseñadas. Encima del lavamanos donde nos quitábamos la tinta con solvente, colgaba la foto de una rubia que, ceñida con una microtanga amarilla, nos deseaba un muy feliz 1992; abajo estaba la marca del aguardiente patrocinadora de tal epifanía.

Con los años los almanaques se han transformado en agendas de trabajo. Libros de pasta dura con líneas y números que dan cuenta de lo rápido que pasa el tiempo cuando uno NO se divierte. Sin embargo ese fragmento de papel que descansa sobre el escritorio o clavado en una pared, no es más que deseo, deseo nuevos tiempos, de nuevos plazos y de nuevas oportunidades.

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