Editoriales

Violencia en el transporte afecta a miles

En las últimas horas muchas personas murieron de forma violenta, por tener relación con el transporte público y de rutas cortas. Los ataques contra los buses terminaron con la vida de pilotos, ayudantes y pasajeros. Sin duda, enlutaron nuevamente a familias que dependen de los ahora fallecidos para su subsistencia.

Cuando se sega una vida, quienes lo hacen no meditan el daño irreparable que causan a un núcleo familiar. Desgraciadamente, el ataque a los buses, si bien perjudica a los propietarios, el gran daño se lo hacen a miles de usuarios que necesitan utilizarlos para transportarse a sus labores diarias principalmente. En el caso del transporte público en la ciudad capital, sigue siendo un caos, sin control de la Municipalidad metropolitana. Los pilotos y ayudantes hacen lo que quieren, y no hay control de nada. Suben el pasaje a su antojo, no recorren las rutas completas y, en muchos casos, tienen complicidad con quienes asaltan los buses.

Hay rutas recurrentes, como la 40R, que para nadie es un secreto los constantes asaltos que empiezan en el Trébol y se trasladan al bulevar Liberación. No basta con el esfuerzo de las autoridades de Gobernación, hace falta un plan más efectivo, porque para nadie es un secreto dónde suben los asaltantes y hasta quiénes son. En algunos lugares, los pilotos y ayudantes están organizados e, incluso, cuando aparece un grupo de extorsionistas, los eliminan, una práctica que no es recomendable. Pero, ante la falta de acciones encaminadas a buscar la justicia, han tomado ese camino. El fenómeno de la extorsión esta copando a los pilotos de las Rutas Quetzal, quienes desde hace meses no la pagan, pero hay grupos que están surgiendo para atemorizarlos y obligarlos a pagar de nuevo.

Desde luego, los pilotos y ayudantes no desean claudicar en su lucha por no pagar, algo que es lo ideal, porque no es justo que el trabajo diario y ganado con mucho esfuerzo por estas personas vaya a los bolsillos de quienes no tienen escrúpulos para vivir como parásitos a expensas de otros. Pero la violencia se ha extendido contra quienes prestan algún servicio, desde encargados de tiendas, comerciantes, pilotos y ayudantes de buses, conductores de taxis y, por qué no decirlo, a las mujeres, a muchas de quienes han asesinado, incluso, llevando a sus hijos en brazos. Guatemala está que llora sangre, es una realidad, pero no solo por la violencia, esta es la punta de un iceberg que daña al país.

 

 

Redacción

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