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Antes y después de Trump

Por: Sebastiá Barrufet Rialp

El nuevo presidente llega a la Casa Blanca como un lodo más de la polvareda de la crisis. Recoge el resultado de una polarización educativa, social, racial y económica. El empleo de hoy en Estados Unidos es como el de antes de la crisis pero no lo son los salarios ni las condiciones de vida. Donald Trump no es la respuesta a esos males, pero para muchos es el recuerdo de una América de hace varias décadas que, desde luego, no va a volver. Antes de Trump, EE. UU. había dejado de ser el imperio sin discusión y después de él se confirmará esta circunstancia.

“Vaya semana”, dijo el mandatario demócrata nada más empezar la cena donde Obama criticó a Trump. Era su reacción a los días en que la Casa Blanca publicó su certificado de nacimiento para acallar el insultante rumor del que se había adueñado Trump y que aseguraba que no había nacido en Estados Unidos, y por tanto, su mandato era ilegítimo (algo que solo ha negado unos meses antes de estas elecciones, más de cinco años después). Los siguientes minutos pudieron cambiar efectivamente la vida de Trump, aunque solo él sabe si las burlas del presidente, las risas en toda la sala y el guion desenlazado durante los días siguientes verdaderamente le inspiraron a vengarse de Obama presentándose a las elecciones para sustituirle en el Despacho Oval de la Casa Blanca.

Lo que sí sabemos es que las palabras del presidente supieron a venganza por partida doble. La primera, porque Trump fue el objeto de sus chistes más duros aquella noche. Obama se rió de su presencia en el programa de telerrealidad The Apprentice, especuló con publicar un video de su nacimiento para despejar todas las dudas e incluso aludió a que, aclarado su lugar de origen, “ahora [Donald] podrá centrarse en lo que verdaderamente importa”. Mientras las pantallas proyectaban imágenes de su programa de televisión, Obama se dirigía a Trump: “Creo que todos sabemos cuáles son tus credenciales y amplia experiencia”, dijo el mandatario al mismo tiempo que la audiencia veía al empresario expulsar a un concursante. “Este es el tipo de cosas que me mantienen despierto por la noche. Buen trabajo, señor, buen trabajo. Sin duda, Donald traerá el cambio a la Casa Blanca”.

Pero, ¿tanto ha cambiado el nuevo inquilino de la Casa Blanca? Decenas de escandalosos e, incluso, moralmente inaceptables discursos como candidato contrastaron con el conciliador y pacífico mensaje tras su victoria. Pero el escrutinio va a ser constante. El equipo de Gobierno que se forme en EE. UU. y su capacidad de racionalizar (en apariencia porque en profundidad no es posible) los mensajes y acciones de su líder serán la clave de los próximos meses. Pero, de partida, hay motivos para la preocupación. La situación geopolítica actual es delicada y, sin duda, la más volátil y abierta a sorpresas de las últimas décadas, con mercados energéticos en plena transformación como aderezo del pastel. No parece que EE. UU. vaya a aportar ganancias diplomáticas en comparación con la administración Obama. Los avances en Cuba o Irán, por ejemplo, de nuevo en duda de reversión.

Habría que valorar especialmente si la Reserva Federal reaccionará ante el nuevo ejecutivo y cómo este va a conducir su comunicación con la autoridad monetaria. La independencia del banco central es un activo esencial de cualquier economía moderna y EE. UU. su paradigma. Además, el nuevo presidente es un republicano algo excéntrico programáticamente que ha prometido ser quien realice las tan necesarias inversiones infraestructuras públicas. La retirada de estímulos de la Fed responde a una expectativa de alza en la inflación y de desempleo reducido que un estímulo fiscal podría acelerar. Pero esta promesa de inversiones es, como la mayor parte de la política económica estadounidense que viene, una incógnita. Como también lo es cómo se pueden pagar esa y otras promesas de gasto. Alguna ventaja va a tener respecto a Obama y es que los republicanos controlan ahora Congreso y Senado. Pero hay otra garantía institucional dentro de este paradójico nuevo Gobierno y es que los republicanos con frecuencia pueden ser tanta oposición a Trump como los demócratas.

 

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