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La calidad de la educación al precio del mercado

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Los rituales contemporáneos en la sociedad guatemalteca han incorporado un tiempo para discutir la calidad de la educación. Los medios de comunicación televisivos y periodísticos debaten sobre los resultados de los estudiantes en las pruebas que lleva a cabo el Ministerio de Educación. Como punto álgido de este acto ceremonial se elabora una lista de los colegios con los puntajes más altos y se condena a los maestros por los malos rendimientos en el sector público. A pesar que los técnicos consultados se rasgan las vestiduras, el sistema no ha sido capaz de transformar la educación para que la situación cambie.

Durante las tres últimas décadas los planes nacionales de educación han incorporado políticas relativas al mejoramiento de la calidad. Sin embargo, desde hace 10 años la calidad de la educación sufrió una modificación a nivel discursivo. La calidad se equiparó a los resultados obtenidos según el rendimiento escolar en las evaluaciones nacionales. El espectro de los aprendizajes se redujo a un ámbito estandarizado que mide los aspectos cognitivos necesarios para el ejercicio eficiente en el mundo laboral. Con ello se introdujeron cambios a los sistemas de medición de los conocimientos de los docentes y su formación se dirigió estrictamente a comprender los nuevos contenidos y competencias en el marco de un currículo con deficiencias en su diseño y dificultades para su aplicación. La discusión llegó incluso a condicionar el escalafón magisterial sobre la base de las notas obtenidas por sus estudiantes como parte de la evaluación de su desempeño.

«Durante las tres últimas décadas los planes nacionales de educación han incorporado políticas relativas al mejoramiento.»

Las dificultades de esta tendencia mundial adoptada en el país presentó de inmediato obstáculos, puesto que no se reflexionó sobre los supuestos básicos de esta ideología. En primer lugar, el establecimiento de estándares educativos se realiza en un marco donde la desigualdad es de tal magnitud que únicamente fortalece la segregación social y más bien reconvierte la educación en un factor que agranda la brecha entre ricos y pobres. Los propios datos que miden los rendimientos escolares muestran que el factor asociado de mayor impacto lo constituye la situación socioeconómica de los estudiantes. También se observa que los colegios que obtienen mejores puntajes son aquellos que van eliminando a los estudiantes con malos rendimientos más que implementar metodologías que hagan que todos aprendan.

Lejos de discutir los aspectos fundamentales acerca de los ideales de la educación de cara a las necesidades nacionales que demandan aprendizajes en el ámbito del desarrollo ético, ciudadano, artístico y deportivo, combinado con una buena formación científica y tecnológica, los abordajes mediáticos solo han facilitado la venta de los servicios educativos como mercancía para aquellos niños o jóvenes cuyas familias pueden pagar las colegiaturas en los establecimientos privados. La educación se ha convertido en un equivalente de cualquier producto que se pueda comercializar, aún al costo de destruir cualquier proyecto social. La calidad, por tanto, se convierte en una discusión que compete al 15% de la población, en lugar de reconocer que la misma constituye un campo de relevancia similar a la justicia y la democracia. El problema no es la provisión de servicios por parte del sector privado sino el convertir el proceso educativo en una mercancía que desconoce su naturaleza pública, integralidad y equidad en las condiciones de aprendizaje para todos los niños y jóvenes en el país.

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