DEVUÉLVENOS #GUATEMALA COMO ÚNICO REGALO

Mirilla Indiscreta

La concepción republicana de la división de los poderes que la evolución de la Teoría del Estado la llevo a la superada concepción de Organismos para evitar la contraposición como elementos confrontados, que la primitiva acepción de poderes entrañaba.

Implicaba prepotencia o existencia de un espacio político, no solo con una legítima jurisdicción y competencia funcional si no como un territorio libre y autónomo frente a los otros dos, apartando por definición la coordinación institucional estructurada para la consecución del bien común y no para satisfacer los egos de alguno de sus titulares con tendencias tiránicas. ¡Eso Nunca!

Pero es indudable, que la definición y ejercicio del poder, entendido como la Capacidad de modificar el entorno, en su versión más primigenia y salvaje, tuvo que pasar por un proceso evolutivo de miles de años, que lo fue forzando a tener que alternar con el Derecho y mucho después, haciendo breve el recorrido de siglos, combinar los derechos, ganados o reconocidos por la fuerza, con cierta normativa permanente y consentida por más protagonistas que aceptaron regular ese poder arbitrario y abusivo con un cierto compromiso de obedecer las reglas consensuadas para alcanzar entendimientos, forzados casi siempre por la necesidad de encontrar la paz en  medio del conflicto.

Poder y Derecho empujando el entendimiento, buscando una forma de concentrar o transferir autoridad para evitar el desorden y la anarquía.

En ese proceso, al jefe de la tribu, en su versión de patriarcado o matriarcado buscando formas de convivencia social tolerables para la mayoría… Para esa masa expuesta y difícil de definir, voluble y manejable, víctima de los excesos de aquellos que lograban, situarse en el pináculo del poder.

Caciques, emperadores, faraones, reyes, sultanes, marajás, caudillos y dictadores, haciendo interminable la lista de quienes encontraron la fórmula para someter a la gente.

Muchos apelando a una autoridad teocrática, como elegidos de Dios para imponer su autoridad terrenal… otros, menos cínicos, acompañaron la potestad de su mando a la simple razón de la fuerza que acompañaba la legitimidad del cetro, como signo de máxima autoridad. 

Todos lo han ejercido o lo siguen detentando, teniendo como única finalidad someter al resto… Lo más triste y repudiable: Aplicándolo sobre su propia gente, sus hermanos de raza, de sangre, de angustias e ilusiones. ¡Infames!

Todavía alrededor del mundo encontramos diferentes manifestaciones de ese poder disfrazado y brutal que siempre encuentra una justificación para imponerse sobre esa masa borreguil, que responde obediente y temerosa a la vara del pastor que la lleva al corral o a las mordidas del perro que ladrando y mordiéndoles las nalgas cuando se salen del rebaño las conduce por donde quiere hasta ponerlas ordenadas… Siempre en el corral.

Simultáneamente, los carneros exhiben sus curvos cuernos a otros ejemplares iguales a él y cornean y se lastiman hasta que aparece el perro conductor… Les pela los dientes, amenaza con su lúgubre sonido guturudental que se anticipa al ataque y eso es suficiente para que al insolente carnero se le esfume su condición de macho, se sume al rebaño y mansamente se dirija al corral.

Personas y animales, siempre sometidos a la autoridad de quién dicta una orden… Sostiene que se debe obedecer y los demás le hicieron caso… Le obedecen, se someten y abonan la autoridad de aquel que manda, ordena y no tiene ni reconoce límites… Inevitablemente abusa.

Por eso, el poder primitivo y brutal se sometió a un tipo de derecho que hiciera tolerable la convivencia social.

Pero una vez que apareció esa norma original, se buscó la forma de prostituirla para devolverle el poder a ese enfermo abusador eterno, infiltrado como un parásito mortal, que se apodera del derecho y lo pone a su servicio para seguir mandando sin límite al poder.

Poder y Derecho en disputa milenaria y una vocación natural y un derecho universal, inscrito en la conciencia de los seres humanos, que se intuye y siempre ha estado presente en nuestra especie que clama por lo justo y bueno y al que por no estar escrito… se le ha conocido como el derecho natural.

Empírico, intuitivo, ese sí de origen divino, que diferencia en esencia el bien del mal y en consecuencia a los buenos de los malos y lo más importante a los malos de los buenos… Aunque pretendan disfrazarse de buenos.

-Eso que dice es muy cierto don Edmundo- me dijo Ricardo, guardián y una especie de regente de campo del edificio a donde llego todos los días, para recorrer los despachos de mis amigos y buscar la forma de enriquecer mis planteamientos.

En el estacionamiento, Ricardo escuchó la conversación que tenía con Juan José, un intelectual de primera, de quien busco su opinión y la encuentro siempre matizada, con la erudición de un pensador de primer nivel.

Ricardo, acostumbrado a saludarnos y alternar con nosotros cuando así lo considera conveniente continuó –Es cierto don Edmundo– Se pronunció por la existencia de un derecho natural… intuitivo y esencial.

Yo de leyes no sé nada… Pero si se lo que está bien o está mal… No sé si es delito, eso los abogados lo tendrían que decir… pero sé que está mal –afirmó con cierta inocencia.

Fíjense que un vecino de mi mamá quería hacer una ventana que daba a su casa y yo pensé que eso no se podía hacer… Un abogado o un juez tendrían que saber dónde decía que no se podía y cómo se podría impedir… y así se resolvió finalmente el caso –concluyó su elemental deducción de lo jurídico.

Y así sucede en casi todo lo que se refiere a la conducta humana… tanto individual como social. 

Sabemos cuando las cosas están bien y también sentimos cuando no lo están… aunque lo permitan y alguien más sostenga que es legal.

Y no pocas veces lo legal no es legítimo, porque hay normas que apañan ilegalidades tan apabullantes que insultan la inteligencia y la razón.

La disputa del Poder y el Derecho dio origen a otro concepto, la legalidad y también la legitimidad siempre buscando que las tensiones naturales que surgen de la interrelación humana frene lo instintivo y contradictoriamente para quienes exhibimos la razón como signo diferencial de todas las otras especies de la tierra, nos hace actuar como irracionales.

¿Pero cuál es la fuente y origen de toda la discordia humana…?

Indudablemente EL PODER… que se puede asentar en los siguientes factores: El político que puede condicionar el militar, policíaco y jurídico… El económico que también puede condicionar el poder político y los subsecuentes. Y el poder que surge de la fuerza por la fuerza misma y la convicción de quienes teniendo acceso a su control pueden imponer un modelo que reduzca el político y económico a ser un apéndice obediente y poco deliberante de quienes finalmente logran detentar ese poder.

Los marxistas – nos llamó a la reflexión ilustrada Juan José – sostienen como producto de su concepción de clase, en relación al derecho burgués, como denominan al nuestro, que se trata de una superestructura jurídica, que ha sido creado y está al servicio de la clase dominante… es decir de quienes dominan y son poseedores del capital. 

Quizá por esa razón la ley no les provoca ningún respeto y violarla no les representa ninguna carga ética ni moral por cuanto los lleva a destruir uno de los instrumentos que reconocen como ajeno a su ideología y al servicio de los explotadores.

Ellos, por formación y convencimiento ideológico son fieles de la dictadura, como única forma, según ellos, de hacer efectiva la sustitución del poder del capital por el poder de los obreros y los campesinos.

Esa forma de gobierno intransigente y radical, proclamada por convicción la denominan Dictadura del Proletariado y sustituye cualquier esquema democrático de creación jurídica por la severa visión que impone la sustitución de una clase social y económica integrada supuestamente por los más débiles, en cuyo nombre, se rompen estructuras sin oposición y discusión para que en poder del Estado y con el poder del Estado, se justifican ética y moralmente para destruir las estructuras económicas y jurídicas.

Haciendo de esa dictadura un instrumento de represión del Estado que termina por forzar la instalación de una estructura totalitaria sin oposición ni grupo político que se pueda revelar en contra de los designios de esa dictadura popular arrasadora y despótica – continuó con aquella descripción-

Muy pocos entienden como una posibilidad real de acción política que en su proceso de instalación, esa corriente, acepta el juego electoral… para destruirlo paulatinamente, cuando se establece y posesiona en el poder político. 

Y ya en control del proceso de toma del poder de instituciones relacionadas con esa ley burguesa y reaccionaria… -hizo una importante advertencia- la utilizan de manera arbitraria para que de manera progresiva autodestruya el sistema político y jurídico sin más motivación que destruirlo, porque de acuerdo a sus convicciones, es una manera de eliminar por partes al enemigo.

La Democracia, como gran ironía de su esencia– elevó el tono de su voz para darle énfasis -Es el único sistema político reconocido por la historia que permite que sus enemigos lo puedan liquidar partiendo del ejercicio de las libertades que permite y defiende- acotó Juan José destacando ese irrefutable pero desconocido argumento.

Pero imaginate vos –prosiguió– usando un trato que me es ajeno porque no es fácil que se lo permita a cualquiera.

…No fueron solo las normas jurídicas las que se gestaron en ese proceso de evolución social para tratar de dominar esa peligrosa bestia que convive con la parte buena, en un mismo ser y nos permite aceptar que nuestro cuerpo es un templo donde habita Dios.

La bestia y Dios… el eterno dilema de la humanidad…-prosiguió en una actitud pastoral- el renacido Juan José devoto de su parroquia.

También las normas morales, éticas, religiosas, de comportamiento social paralelas a las jurídicas conviven en el mismo universo para atacar desde distintos frentes esa bestia terca y persistente que abomina la paz y la justicia y que se ha hecho presente a través de los siglos en nombre de todas las dictaduras de la historia.

-De todo ese universo normativo, solo las jurídicas tienen la fuerza para obligar su cumplimiento- acotó rápidamente el licenciado Chocano… Y por esa razón las normas jurídicas son coercitivas, es decir que se pueden hacer cumplir por la fuerza que otorga la ley en contra de la voluntad de quiénes las violan – enfatizó con conocimiento de causa.

Y agregó -Las otras tienen una fuerza moral, social, ética o religiosa que atañe a un mundo reducido o grande que por convicción personal las respeta y las sigue. Pero nadie puede obligar a su cumplimiento frente al resto de la sociedad… Y eso es lo realmente delicado Juan José y don Edmundo –quiso aclarar más el tema- Que la aplicación de la norma jurídica transformada en ley, continuó -tiene la fuerza del peso que conlleva la sanción directa frente a todos por su incumplimiento… Y esa situación condiciona la sobresaliente naturaleza ética, moral, profesional y social que deben tener los jueces al aplicar la ley, para aproximarse de manera indubitable a la justicia –concluyó con la gravedad que demanda describir una responsabilidad de esa dimensión.

Esas dos observaciones… la de Juan José y la del licenciado Chocano me situaron de nuevo en el camino de la evolución con normas del comportamiento humano.

Poder y derecho, defendiendo siempre una cuota de participación para la bestia que la exige: Derecho y legitimidad… legitimidad y Constitución… Constitución y Estado de Derecho y legalidad… largo… larguísimo el camino recorrido por la humanidad para impedir que la bestia pueda concentrar el poder. 

En un mundo donde las normas garantizan la convivencia social por majestad de la ley, en el Estado de Derecho… la aberración más indigna y espuria para la destrucción del sistema es una maniobra hasta ahora desconocida como arma política desestabilizadora… La dictadura de los jueces.

¡Increíble! los responsables de cuidar el Estado de Derecho y el régimen de legalidad como la forma más depurada que registra la historia como instrumento para buscar el bien común… Usado como instrumento para destruir el edificio jurídico de la democracia. ¡Increíble y diabólico!

El mundo de las normas devino de la necesidad de frenar esa cuota de irracionalidad que nos hace belicosos, propensos a la confrontación y provocación retadora que ha originado tantas guerras a través de la historia.

Con cinismo cíclico, siempre se ha encontrado un pretexto para justificar el primer tiro y de cuantificar y ponerle precio a las víctimas, usarlas para invocar la paz, firmar acuerdos y de vuelta generar nuevas condiciones y los mismos pretextos para provocar y declarar la guerra.

Por esa condición humana el estado de Derecho y régimen de legalidad se propuso como camino de la redención institucional y social por el retorno democrático al pueblo del poder originario.

Si los jueces lo tuercen… el sistema perece.

Quienes destruyen la ley por convicción ideológica, cumplen con su destino político ¡Destruyen lo que detestan! ¡Abonan por convicción la Dictadura del Proletariado! ¡Destruyen la democracia utilizándola como instrumento y víctima simultáneamente de su perversa maquinación! ¡Son traperos! ¡Son inmorales, invocando la moral de la justicia social! ¡Su perversión política se debe combatir con acciones políticas!

Pero quienes lo hacen por temor o por oportunismo, plegándose a la decisión de destruir el Estado de Derecho, siendo como jueces los llamados a cuidarlo… son criminales y traidores a la patria.

¡Esta corriente por imposición ajena a nuestra soberanía se ha instalado en una porción del poder, que lo utilizan para destruir la resistencia democrática!

¡Un poder dirigido por múltiples cabezas, destruyó los organismos del Estado y oficializó la anarquía!

¡No se dieron tregua ni siquiera en Navidad! ¡Son de los que seriamente creen que la religión es el opio de los pueblos!

¡En estos días desplegaron descaradamente sus acciones con la prepotencia que da la sensación de estar ganando!

¡Quienes compartiendo legítimamente una pequeña porción de ese poder, que les despojaron, se conforman con agonizar a fuego lento incrédulos que los pueden rostizar y no hacen nada!

¡Huérfanos de un mecanismo restaurador frente a quienes lo exhiben con desparpajo y prepotencia… nos queda el gran poder del creador como recurso invencible y poderoso!

Y como no se lo puedo pedir a ningún humano con nacionalidad guatemalteca… Oro por esta vez en voz alta y de corazón le pido: ¡Señor devuélvenos Guatemala, como único regalo de navidad!

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Danilo Roca (Edmundo Deantés)

Jurista, analista político, luchador por la libertad.