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LA TRAGEDIA DE JAKELIN, MUESTRA DE TODO LO QUE HACEMOS MAL

#Evolución

Jakelin Amei Rosmery Caal Maqui, una niña de 7 años originaria de Raxruhá, Alta Verapaz, murió el pasado 7 de diciembre luego de migrar junto a su padre hacia Estados Unidos. La muerte de un niño siempre es trágica y desgarradora. Mucho se ha dicho del trato o falta de cuidado recibido por la patrulla fronteriza de ese país; poco o nada de la responsabilidad de un padre que expone a una niña de esa edad a semejante riesgo, como muchos otros. Nada es necesario decir sobre las condiciones de pobreza miserable en nuestros poblados que conminan a muchos a arriesgar sus vidas y las de sus familiares para trasladarse a Estados Unidos en busca de algún sustento imposible de lograr en Guatemala.

En nuestra sempiterna desdicha, con la cándida ilusión del impar romanticismo que nos caracteriza como buenos latinoamericanos que somos, reclamamos a nuestros vecinos del norte que en nuestra cosmovisión, la observancia de la ley es relativa, sobre todo en cuanto nos afecta desfavorablemente, requiriendo su indulgencia. Así, nos asimos a la idea que ellos deberán entender que nuestro futuro no depende de nosotros, sino de sí, y que sus actitudes deberán cambiar respecto de nuestros migrantes. Después de todo, quienes han emprendido la travesía han pagado el precio, muchos el más alto concebible, para ganarse el derecho a ingresar.

Que no se malinterprete, bajo ninguna circunstancia voy a condonar un trato inhumano, más bien desearía una actitud humanitaria hacia todos aquellos que desean progresar honradamente. Pero mi punto, para ser claro, es que no acabamos de entender que en lugar de siempre estar echando la culpa a alguien más, a las políticas endurecidas de Estados Unidos, a su gobierno, a sus leyes, etc., en lugar de insistir con la típica actitud infantil latinoamericana de que los malos políticos, pero nunca el estado, son el problema, debemos voltear la vista seria y duramente hacia nosotros mismos y entender de una vez por todas todo lo que hemos venido haciendo mal. Al extremo que un veinte por ciento de nuestra población hubo de arriesgar su vida para encontrar una oportunidad en un país donde abundan, dejando atrás su familia y su tierra, donde sus posibilidades de progresar siguen siendo inexistentes.

¿Qué hizo que los ciudadanos de otro país latinoamericano, con una población ligeramente superior a la de Guatemala, puedan ingresar a Estados Unidos sin requerimiento de visa, sabiendo el gobierno norteamericano que dichas personas no tienen necesidad alguna de quedarse allá? ¿Qué ha hecho posible que el PIB per cápita de los ciudadanos de ese país sea de $15,350, que equivale a 3.4 veces el de Guatemala? ¿Cómo es posible que durante el primer cuatrimestre del 2018 dicho país haya recibido $8,475 millones en inversión extranjera directa, es decir 15.5 veces lo que recibió Guatemala durante los primeros 6 meses del mismo año? Preguntas como estas son los cuestionamientos serios y honestos que debemos hacernos. Cualquiera que analice la historia con honestidad y seriedad comprenderá la importancia que tuvo la liberalización de la economía para generar un crecimiento económico sin parangón en América Latina, la privatización del sistema de pensiones como fuente de ahorro y de inversión, y en general, la consolidación de un modelo económico liberal que ni los gobiernos de izquierda se han atrevido a abandonar. Mientras continuemos con la visión estatista e intervencionista sólo seguiremos alimentando al monstruo de la corrupción intrínseco a la actividad gubernamental, sólo seguiremos fomentando la pobreza desalentando la inversión, y sólo seguiremos ahuyentando a nuestros compatriotas hacia un éxodo desafortunado debiendo sufrir más tragedias como la que hoy lamentamos.

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